Un perro llevó a la policía al bosque — lo que encontraron los dejó boquiabiertos.

¡Otra vez ese perro! espetó el capitán Pablo Hernández, colgando el auricular, mientras el antiguo teléfono de la comisaría resonaba con un chirrido. Begoña Ortega, otro aviso de un can en el bosque. ¡El tercero en una mañana!

¿Qué perro? interrumpió la mayor Elena Rojas, levantándose de los papeles y mirando al compañero con curiosidad.

Ya llevo tres días recibiendo llamadas. Dicen que un canino callejero ronda la ribera, ladra como un loco, se acerca a la gente, tira de la ropa y gime. ¡Nos vuelve locos a todos!

Begoña frunció el ceño. En sus quince años de servicio confiaba en su intuición, y ahora algo le susurraba que el caso no era limpio.

Sergio, llamó al joven repartidor, ¿nos vamos a ver?

¡Anda ya, Begoña! la desestimó. No es más que un perro. Tal vez rabioso o simplemente asustando a la gente.

O quizá sea algo más.

Recordó aquel episodio de hace veinte años, cuando su hermano menor, Koldo, desapareció al volver de la escuela. Tres días lo buscaron, con toda la unidad, perros y voluntarios, y lo encontraron demasiado tarde.

Vamos, dijo con firmeza. Lo averiguaremos.

Veinte minutos después, su destartalada patrulla, una vieja SEAT León, frenó en el borde del bosque, levantando una nube de polvo sobre la tierra agrietada. El entorno era inquietante: álamos torcidos alzaban sus ramas como dedos retorcidos, y el sotobosque de troncos podridos y zarzas formaba sombras incluso bajo el sol del mediodía. Ni los más osados setasñeros osaban pasar por allí.

¿Y dónde está el perro? preguntó Sergio, escudriñando el terreno con escepticismo.

Como respuesta, un ladrido surgió entre los árboles. De pronto, un gran can sucio y desgreñado, que claramente había sido mascota alguna vez, salió a la clareira. Al ver a los humanos se quedó inmóvil, luego se lanzó hacia ellos, moviendo la cola con desesperación.

Tranquilo, amiguito se agachó Begoña, hablando en tono suave. ¿Qué ocurre?

El perro gimió, agarró su manga y la arrastró hacia el interior del bosque.

Begoña, no puedes

Lo haré afirmó, avanzando con decisión. Quiere mostrarnos algo.

El animal, al percibir su determinación, ladró alegremente y corrió adelante, sin prisa pero sin perder de vista a sus acompañantes.

Caminaron veinte minutos más. El bosque se espesaba, el barro crujía bajo sus botas; Sergio tropezó con raíces, maldijo, pero no se quedó atrás.

De pronto, el can se detuvo y dejó escapar un gruñido.

¿Qué es eso? se quedó Begoña inmóvil.

Delante, entre los árboles, se vislumbró una estructura que parecía un granero abandonado, cubierto de musgo y hierbas, al punto de pasar desapercibido a pocos pasos de distancia.

Quédense aquí ordenó Begoña, avanzando con cautela.

El perro no se separó de su sombra ni un paso.

Al acercarse, vio una pesada puerta con una cerradura oxidada. Un leve golpeteo se escuchó desde el interior.

¡Sergio! gritó. ¡Corre!

Forzaron la puerta; las bisagras crujieron como huesos viejos. Un hedor a humedad les golpeó la nariz. Cuando los ojos se acostumbraron a la penumbra

Dios mío exclamó Begoña.

En un rincón del granero, sobre un colchón aplastado cubierto de harapos mohosos, estaba un adolescente. Delgado, con mejillas hundidas, ojos apagados, cubierto de tierra; sus muñecas estaban atadas con una cuerda áspera que había rasgado la piel hasta sangrar. Parpadeó bajo la luz repentina, como si no pudiera creer lo que veía. En su mirada había un miedo animal, mezclado con un destello de esperanza. Solo logró emitir un tosco carraspeo.

¿Quién eres? se lanzó Begoña, sacando el cuchillo para cortar la soga.

Artur murmuró con voz rasposa.

¿Artur? ¿Artur Sanz? se quedó paralizada un segundo. El mismo que desapareció hace tres días

El muchacho asintió débilmente.

Tres días antes, la comisaría había recibido la denuncia de la desaparición de un joven de quince años. Su madre, madre soltera, trabajaba doble, y el chico no volvió a casa después de la escuela.

Sergio, llama al refuerzo y a la ambulancia ordenó Begoña, ayudando a Artur a ponerse en pie. Tú, chaval, agárrate. Todo saldrá bien.

El perro, que hasta entonces había observado en silencio, se tensó. El pelaje de su nuca se erizó, y lanzó un gruñido bajo.

En el siguiente segundo, se escuchó el crujido de ramasalguien huía precipitadamente entre los arbustos.

¡Al suelo! gritó Begoña al chico, sacando su pistola.

El can ya había saltado. Oyeron un grito, el estrépito de un cuerpo que caía y luego una violenta maldición.

Cuando Begoña y su compañero, tropezando entre la maleza, llegaron al lugar, la escena los dejó helados: un hombre fornido, con chaqueta de cuero negro, típico de esos que se evita cruzar en la calle, yacía entre hojas del año pasado. Sobre su espalda, presionado contra el suelo, estaba el perro, su pelaje erizado, y de su garganta surgía un rugido tan profundo que hasta la veterana mayor Elena sintió un escalofrío recorrer la piel. En ese instante, el perro vagabundo reveló al lobo guardián que llevaba dentro: protector y cazador.

Tranquilo, Roco susurró el nombre que le vino a la mente. Lo conseguiremos.

Y el animal, sorprendentemente obediente, se retiró un paso, sin perder de vista al sospechoso.

Lo que siguió fue como un sueño envuelto en niebla. Llegaron la unidad de intervención, la ambulancia y los investigadores. Víctor Sanz, el culpable, confesó todo sin vacilar. Resultó ser un profesional del secuestro, rastreaba niños, los retuvo y exigía rescate. Lo extraño era qué tipo de rescate buscaba de una madre que apenas ganaba para sobrevivir.

Una semana después, Begoña estaba en su pequeña cocina, con azulejos amarillentos y una taza de cerámica agrietada, tomando té frío. En la pantalla del móvil, la portada del periódico local mostraba en negrita: «¡El héroe de cuatro patas desentraña el crimen!». Bajo la foto, aparecía Roco, ya limpio y con la mirada firme.

¿Qué tal, héroe? acarició al perro, que estaba tirado en el sofá destartalado. ¿Cómo te sientes con esta nueva vida?

Roco lamió su mano y apoyó la cabeza en su regazo.

Dicen que nada ocurre por casualidad. Y quizá, esa extraña reunión estaba escrita en el sueño de ambos: la mujer sola que, quince años atrás, no pudo salvar a su hermano, y el perro callejero que, esa noche, salvó a otro chico.

Sabes dijo Begoña, acariciando la calurosa y peluda cabeza, a veces los milagros aparecen cuando menos los esperas.

Roco exhaló, como confirmando aquello. Él lo sabía desde siempre.

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