SÓLO HAY QUE ESPERAR UN POCO MÁS

Almudena lo sabía todo. Claro, lo sabía, no tenía veinte ni siquiera treinta años; llevaba el peso de los años en la mirada.

Ya estoy harta de estar sola, de cargar este yugose quejaba, con la voz quebrada. ¿Qué será lo que no tengo? ¿Seré una pesada? ¿Apesto o soy una entrometida? ¿Será que no doy amor ni ternura? Se repetía en su interior, mientras veía a todos a su alrededor: los altos, los bajitos, los gordos, los flacos, los bebedores, los hermosos, los que no lo son; todos con su vida, sus parejas, sus planes y ella, nada.

¿Qué me pasa a mí? se preguntó, al borde del llanto. ¿Por qué estoy sola?

Lucía, su amiga de la infancia, la detuvo.

Escucha, Alm hizo una pausa, mirando al horizonte. No te rías, pero mi abuela siempre decía que existe un cetro del singladura. No sé cómo llamarlo un anillo de soltería.

¿Qué nada más? Almudena frunció el ceño. ¿Vivimos en la Edad Media o qué?

¿No lo crees? saltó Lucía del banco. En mi prima segunda, la abuela le quitó ese cetro. Fue lo mismo.

¿Qué abuela? preguntó Almudena, sin curiosidad, sólo para llenar el silencio.

Voy a llamar a Nerea, mi hermana, la que se quitó el cetro. En diez minutos le pregunto.

Lucía marcó, mordiéndose el labio mientras la voz se volvía más urgente.

¡Nerea! ¿Cómo vas? dijo, sin rodeos. ¿Otra boda? ¿Qué pasa con Gorka? una risa forzada. Vale, vale, ya voy

Colgó y quedó pensativa.

¿Ha pasado algo? inquirió Almudena.

Sí, sí otra boda, otra compra de regalo. Mi hermana se casa por quinta vez. Parece que la abuela le quitó ese cetro de raíz. Aquí tienes la dirección, ¿vas?

Almudena se encogió de hombros. Decidió ir, pero la anciana del barrio, tras darle la vuelta, le echó la culpa de vuelta.

No tienes ningún cetro.

¡Cómo no! Yo

¿Qué? ¿Has escogido a los hombres equivocados? El primero te dejó con el hijo en los brazos, diciendo que te amaba, pero él ya estaba casado. No lo sabías, ¿verdad? El segundo también la voz de la anciana se volvió áspera. Y el tercero

Almudena, incrédula, replicó:

¿El tercero? No tengo a nadie

Así será afirmó la anciana. ¿Y el tuyo? ¿Cuándo aparecerá? ¿Aparecerá siquiera?

Aparecerá cuando menos lo esperes. Será tuyo, aunque no del todo. La chica que llegue, no podrás hacer nada, pero confía en él es fiable, te dará la felicidad que buscas. Podrás tenerlo entero, pero… espera, no te apresures.

Y a tu amiga haz que vaya al médico, dale hierbas, dile que ya basta de andar rascándose dijo, y la escena se desvaneció, como un recuerdo de años atrás.

Desesperada por encontrar su propia dicha, Almudena había acudido a la curandera del barrio, una anciana que vendía brebajes y cuentos. Todo lo que dijo la curandera se cumplió. El tercer novio apareció, pero Almudena ya no recordaba las palabras de la anciana.

Era un hombre bueno, amable con su hija y con ella, pero algo siempre los hacía desaparecer de repente, como sombras que huyen sin explicación. Entonces llegó Joaquín.

Al principio, Almudena no supo reconocerlo. La vivienda contigua llevaba años vacía. Cuando se mudó con su hija, la vecina, tía Marta, le contó que el dueño sólo aparecía de paso, siempre con una mochila y una sonrisa. Un día, curiosa, Almudena abrió la puerta entreabierta del vecino: un hombre pegaba papel tapiz. La curiosidad la hizo entrar, y el dueño volvió en cuanto la vio.

Se cruzaron en el pasillo una semana después; las puertas del edificio estaban diseñadas de tal forma que al abrir una, la otra se cerraba, obligándolos a esperar a que la primera se cerrara antes de pasar. Almudena, apurada para ir al trabajo, intentó abrir la puerta y no pudo. El vecino se disculpó rápidamente, cerró su puerta y ella escuchó sus pasos ligeros. En otra ocasión, ella le bloqueó la salida; él, sin perder la calma, le cedió el paso.

Una tarde, Joaquín ayudó a Cristina a levantar la bicicleta; Almudena les trajo empanadillas y se las entregó. En el parque, Joaquín tenía un hijo de la edad de la hija de Almudena; los niños corrieron a los columpios y, mientras ellos jugaban, Almudena y Joaquín charlaban animados.

Seis meses después, él la invitó a una cita, la presentó a su familia y, al fin, se mudaron juntos. Antes de la convivencia, Joaquín le contó su historia:

Alm, no soy un muchacho de veinte años, ni un matón. Soy un hombre, con ideas y carácter. Te prometo que si decides vivir conmigo, no seré infiel, haré el trabajo de hombre, te ayudaré, ganaré, no bebo, no fumo, nada de malos hábitos. Te respetaré, te valorar se detuvo, la voz temblorosa. No sé amar, lo intenté, pero no puedo. Tengo un corazón pesado, una herida que no se cierra. Mi esposa me llamaba cosa fea. Por eso te lo explico todo, para que no pienses que juego a ser héroe.

Almudena, con la voz áspera, preguntó:

¿Y si hablé con ella? forzó la pregunta.

Yo le dije que siempre la quise, pero ella nunca sintió lo mismo. Me dolió, pero no podía vivir sin amor. Para mí, el amor es una condena, una carga. No quiero engañarte.

Almudena reflexionó, pero aceptó la invitación y, una semana después, conoció a la extensa familia de Joaquón: alegres, ruidosos, abrazadores. Temía que la vieran como un sustituto, que la trataran con lástima, pero todo resultó perfecto. No se arrepintió ni un segundo de haberse casado con Joaquín; él era fiable, resolvía sus problemas, ella dejó de pensar en pasiones y se dedicó a la vida cotidiana.

A veces, una o dos veces al año, Almudena atrapaba la mirada errante de su marido, como si recordara a otra. No le importó; su vida seguía sin sobresaltos.

Pero volvió esa mirada, aquella que turba el alma. ¿Le dolía a Almudena? pensó, poniendo la mano sobre el pecho. ¿Qué mujer no sueña con que su hombre cambie por ella? Ella también se casó sin amor, se habituó, y al fin ¿cómo no amar al hombre perfecto que tenía?

Una mañana de primavera, Joaquín entró a la cocina mientras Almudena lavaba los cristales. El sol caía a raudales sobre la ventana, y él la observaba, como quien contempla una obra de arte. Se acercó, tomó sus manos y, con voz firme, le dijo:

Alm, nunca imaginé que llegaría a amar así. Eres mi todo.

Almudena, con los ojos brillantes, recordó la advertencia de la anciana: Solo hay que esperar. La voz interior le susurró que la felicidad llegaba, que el amor, aunque tardío, se posaba en la ventana de su vida, listo para ser recibido.

Buenos días, queridos. Que el amor, si aún no lo han encontrado, toque a su puerta. Y si ya está con ustedes, protégelo. Un abrazo, y que la luz del sol ilumine sus corazones.

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