Recepción con Carácter

26 de septiembre, 2025
Anoche, mientras el viento fresco del otoño se colaba entre los árboles, recibí las llaves de mi tan esperada vivienda en el nuevo conjunto residencial de Alcorcón. Tengo treinta y cinco años, trabajo como gestor de una empresa de transporte y la agenda me atrapa a diario. Al bajar del coche, el crujido de las hojas secas bajo mis botas marcaba el paso por la acera recién asfaltada. En la entrada vigilaba un portero que lanzaba miradas de reojo a los inquilinos, pero sin intervenir en sus asuntos. El interior del portal olía a pintura y yeso, y las lámparas se encendían al pasar alguien. Sentía una mezcla de orgullo y cautela; esas paredes podrían convertirse en mi refugio. Al acercarme al ascensor noté a unos obreros que apretaban cables, intentando terminar algo antes del cierre oficial del edificio. Finalmente, al abrir la pesada puerta de mi apartamento, una ola de satisfacción y tímida alegría me invadió. Ese instante marcó el inicio de una nueva vida bajo un techo nuevo.

Mi piso de una habitación parecía amplio, aunque aun quedaba polvo sobre el zócalo del pasillo. Desde el sexto piso, la vista del patio mostraba columpios recién instalados y macetas con flores otoñales; más allá, una zona de aparcamiento sin señalizar. Esa primera noche coloqué una lámpara de pie y abrí el grifo para comprobar la presión del agua. El agua caliente salía con tirones y escuchaba pequeños estallidos de aire en las tuberías. Llené una gran olla con agua para, si hacía falta, usarla en la limpieza. Me dije a mí mismo que estos pequeños defectos son normales en cualquier vivienda nueva. Recorriendo la estancia, toqué las paredes del baño; estaban irregulares, como si se hubieran colocado a la carrera, pero decidí no darle mayor importancia.

A la mañana siguiente conocí a la vecina del apartamento frente, Carmen, que se revolcaba entre cajas en la puerta y se quejaba de que varias tomas de corriente no funcionaban. La constructora había prometido revisar la instalación eléctrica antes de la entrega, pero al parecer no lo había conseguido. Otro vecino, Luis, de unos cuarenta años, me comentó que bajo la ventana de su cocina había humedad y que la radiador vibraba cada vez que abría el grifo del baño. Entendí que los problemas no eran aislados; tendríamos que resolverlos en común. No quería posponer nada, pues cualquier retraso supondría gastos extra. El optimismo inicial dio paso a la preocupación: nadie esperaba defectos tan evidentes justo después de la entrega.

Durante la semana comenzamos a intercambiar números de móvil y a enviarnos fotos de goteras, grietas y puertas mal alineadas. Decidimos convocar una reunión en la entrada del edificio para abordar las quejas acumuladas. Algunos ya habían detectado rebajes en los marcos de las ventanas que crujían al tocarlos; otros se lamentaban del ruido que transmitía entre los pisos. Un señor mayor señaló que su baño carecía de una adecuada impermeabilización y el agua se filtraba a los vecinos de abajo. Al escuchar todo eso, sentí que nos sumergíamos en una pesadilla colectiva: el promotor había entregado las llaves, pero dejaba muchos asuntos sin resolver. Iniciar costosos procesos judiciales daba miedo, pero aceptar la negligencia tampoco era una opción. Al final del día acordamos volver a reunirnos en dos días para elaborar un plan de acción.

En la segunda junta elaboramos una lista detallada de los defectos. Recorremos todos los pisos, inspeccionamos los tramos de la escalera y buscamos al representante de la constructora, que sólo aparecía de paso en el vestíbulo. Descubrimos que varias puertas estaban sueltas en sus marcos y que una cochecita de bebé quedaba atrapada entre las baldosas. En la zona técnica hallamos restos de escombro y manchas de humedad. Propuse crear una comisión de residentes que supieran leer presupuestos y comprobar normas de construcción. La idea fue bien recibida; actuar en grupo resultaba más fácil. Al terminar, todos comprendimos que nos esperaba un trabajo serio.

El sábado siguiente nos reunimos en mi piso, que aún estaba vacío. Extendimos una manta vieja sobre el suelo y colocamos sillas de plástico. Cuatro vecinos trajeron fotos de los daños y copias del contrato de compraventa para estudiar las cláusulas de garantía. Un abogado del segundo piso explicó que la entrega de viviendas está regulada por la Ley de Ordenación de la Edificación y los compromisos del promotor. Los defectos graves permiten suspender la firma del acta de entrega. Además, existe un libro de incidencias donde deben anotarse todos los fallos para que el constructor no los ignore. Según la normativa de 2025, la empresa dispone de sesenta días como máximo para subsanar cada punto. Uno de los vecinos propuso consolidar todas las incidencias en una base de datos para futuras reclamaciones.

La comisión quedó compuesta por diez personas, entre ellas yo. Cada uno se encargó de una zona: algunos revisaron la instalación eléctrica, otros la fontanería, y otros buscaron a un perito independiente con las licencias adecuadas. Yo, como responsable de la comunicación con la constructora, redactaría una carta formal que solicitara una inspección conjunta de todo el edificio y de las zonas comunes. Decidimos que, si la empresa dilataba los plazos, acudiríamos a los medios y a la administración. No nos amedrentaban los obstáculos; sin presión, los defectos quedarían sin solución. Al final del encuentro acordamos preparar con urgencia las notificaciones oficiales y precisar los datos de los subcontratistas, si los encontrábamos.

Días después recibimos respuesta por correo electrónico. La dirección de la promotora manifestaba su disposición a organizar una visita, pero solo quería inspeccionar algunas viviendas de forma selectiva, alegando falta de tiempo. Los vecinos rechazaron esa propuesta y exigieron la presencia de un perito independiente que pudiera medir desviaciones en los muros, comprobar la solera y emitir un informe completo. El día de la inspección el tiempo estaba en contra: llovía, el viento empujaba la lluvia bajo los aleros y las hojas caídas golpeaban los charcos. Observé la escena con serenidad, recordándome a mí mismo que estaba defendiendo el bien común. Temía que la constructora intentara eludir sus responsabilidades, pero mantuve la atención en lo esencial.

Al subir al último piso, el perito detectó manchas de humedad en el techo y yeso suelto. Documentó todo con fotos, anotó los parámetros y señaló una impermeabilización deficiente como posible causa. Continuamos inspeccionando los pisos intermedios, señalando conductos de ventilación incompletos, cableado eléctrico mal instalado y marcos de puertas torcidos. El representante de la empresa, traje impecable, trató de minimizar los hallazgos como detalles técnicos. Nosotros no cedimos: añadimos nuevos puntos al acta y exigimos que se fijaran plazos oficiales de reparación. La tensión aumentaba; nadie quería marcharse sin un acuerdo claro. Sentí que estábamos a punto de romper el silencio.

A la mitad del día, en el vestíbulo, se firmó el acta con la enumeración exhaustiva de los problemas: desde juntas sin sellar alrededor de las tuberías hasta grietas importantes en la cubierta. El representante comprendió que no podía escaparse sin consecuencias; la comisión amenazó con una denuncia colectiva a los medios y a la administración si no se iniciaba la obra en tiempo razonable. El perito insistió en una visita de control dentro de sesenta días, y quedó constancia en el documento. Observé cómo muchos vecinos recuperaban la confianza en sus miradas. Habíamos conseguido presión real sobre el promotor. Firmamos el acta, todos obtuvimos copia y nos quedamos hombro con hombro, decididos a que nuestra casa fuera un hogar sin temores estructurales.

Al día siguiente, una cuadrilla de tres trabajadores llegó al portal. Descargaron herramientas y entraron al vestíbulo donde la noche anterior había quedado material de obra. Los vecinos escucharon que ya se estaban corrigiendo los fallos más visibles. En el vestíbulo arreglaron la puerta que crujía con cada corriente de aire; el maestro utilizó nivel y espuma para fijarla correctamente. Fue reconfortante ver que la constructora no tardaba en los pequeños detalles. Sin embargo, quedaban cuestiones mayores: goteras en los pisos superiores, ventilación deficiente en la zona técnica y humedad en las juntas de tubería. Sabía que esas reparaciones requerirían más esfuerzo y nuevas instrucciones.

Ese mismo día, Carmen, la vecina del frente, me llamó para decirme que finalmente había recuperado una presión adecuada de agua caliente en su baño; los tirones habían desaparecido y el radiador dejó de zumbar. Un electricista había actualizado el cuadro y desconectado el circuito problemático, eliminando los cortocircuitos. Celebramos los primeros logros, pero nadie se relajó. Todos recordábamos que la ley concede sesenta días para subsanar los defectos listados. Que se arreglen cosas menores de inmediato no significa que los problemas mayores quedarán sin respuesta.

Esa noche, la comisión se reunió en un apartamento vacío del segundo piso, cedido por su propietario que aún no había amueblado. Sobre sillas de plástico extendimos impresiones: fotos de la caldera, copias del contrato y anotaciones por bloque. El abogado recordó que nuestros derechos están respaldados por el contrato de compraventa y la Ley de Ordenación de la Edificación, que regula la entrega. Con esa base, mantuvimos al promotor dentro de sus obligaciones.

Poco a poco, se sellaron varias uniones de tubería, se cambiaron tomas de corriente y se ajustó la calefacción. Pero la reforma integral de la cubierta seguía pendiente. En la zona técnica permanecían rastros de humedad y varios vecinos temían que las lluvias de otoño provocaran nuevas filtraciones. Propuse enviar una notificación oficial para que la empresa acelerara la inspección del tejado, pues de allí emanaban la mayoría de los problemas de los techos. Todos aceptaron y acordamos preparar la carta con fotos y referencias del perito. Así nació un procedimiento que cada miembro de la comisión se comprometió a seguir.

A mediados de octubre comenzaron los trabajos intensivos. Los operarios en arnés subieron al tejado, arrastraron rollos de impermeabilizante y reforzaron los conductos de ventilación. Los transeúntes veían las cuerdas de seguridad a lo largo de la fachada. Los residentes sentíamos alivio: aunque fuera tarde, el edificio empezaba a ponerse en orden. Observaba las andamios y recordaba que, semanas atrás, pensé que la constructora jamás corregiría los fallos. Ahora quedaba claro que la acción conjunta había dado resultados concretos.

Dos semanas después, el tejado quedó terminado: se colocó una nueva capa impermeable y se instalaron tapas de desagüe. Los conductos de ventilación se revisaron para evitar que el aire se filtrara entre los pisos. Subí a comprobar el trabajo bajo la luz otoñal; el material estaba bien asentado y los fijajes seguros. Antes, el yeso se desmoronaba dejando manchas húmedas; ahora todo estaba nivelado y seco. Llamé al perito, que aceptó volver en unos días para la inspección final.

A principios de noviembre, la comisión convocó a los vecinos en la entrada principal. El clima se había enfriado y ya se sentían las primeras heladas; todos se abrigan y se cubrían las manos. Recordé que el plazo de sesenta días estaba a punto de vencer. Informé que la mayoría de los puntos críticos estaban ya resueltos o en la fase final: la instalación eléctrica se había reemplazado, las goteras dejaron de afectar los pisos superiores y la ventilación funcionaba correctamente. Quedaban pendientes pequeños detalles, como la retirada de residuos de obra de la zona técnica y la limpieza de los marcos del pasillo.

Los residentes celebraron la sensación de unidad y la fuerza real que habíamos demostrado. Hace un mes muchos dudaban, hoy está claro que la voluntad colectiva no se puede ignorar. Agradecí a cada uno por su constancia; sin sus cartas y su empeño, nada habría avanzado. El abogado subrayó que la presión colectiva había sido más eficaz que cualquier intervención externa.

La inspección final la realizó el mismo perito que había documentado los problemas al inicio del otoño. Recorró los pisos, verificó la nivelación de los azulejos en los pasillos y examinó la cubierta. Constató que la mayor parte de los defectos había sido corregida; sólo quedaban ajustes menores de insonorización en algunas viviendas, donde ya se había añadido una capa adicional de material. En su informe final calificó la obra como satisfactoria y recomendó firmar el acta de recepción de los trabajos terminados.

Esa misma tarde, los vecinos nos reunimos en una pequeña sala del primer piso, destinada a convertirse en la oficina del conserje. Allí, entre tazas de té y dulces, compartimos la alegría de haber cerrado las principales reclamaciones y hablamos de cómo amueblar nuestras casas. El promotor, por su parte, se comprometió oficialmente a terminar los detalles cosméticos dentro del plazo acordado y a atender cualquier nueva incidencia bajo la garantía.

Yo, viendo la animación, sentí una satisfacción tranquila aunque exhausto. Miré a un vecino que ya no se quejaba de la calefacción; él me agradeció por haber sido el primero en proponer la comisión y trabajar en equipo. Respondí sin excesiva modestia: sin la participación de todos, nada se habría movido. Los ojos de los presentes se iluminaron; por primera vez muchos se sintieron realmente parte de una comunidad.

La última fase se completó la tercera semana de noviembre, cuando el grupo se encontró con el representante del promotor para firmar el acta de recepción de los elementos reparados. El perito revisó varios tramos de la escalera, confirmó que ya no había goteras y que las juntas estaban selladas. En el documento se consignó el periodo de garantía y la comisión verificó que todos los puntos estaban cumplidos. Tras la firma, el representante admitió que habría debido seguir la normativa desde el principio y prometió aplicar esas lecciones en futuros proyectos.

A diciembre, el edificio empezó a poblarse de nuevo. Algunos ya habían colocado muebles, otros habían instalado internet y decorado sus salas. Los pasillos se volvieron más silenciosos; los vecinos se saludaban y sonreían al cruzarse. Donde antes colgaban cables a la vista, ahora brillaban luminarias bien instaladas y el ascensor funcionaba sin que las sillas de coche quedaran atrapadas. Es posible que surjan pequeños problemas, pero ahora disponemos de la experiencia de resolverlos juntos. Caminaba por el pasillo pensando en lo que temía: quedarme solo frente al promotor. Hoy sé que en este edificio no hay solitarios, todos aprendimos a valorar los objetivos comunes.

Al final del día, los residentes volvieron al vestíbulo, donde habían colocado un tablero con información actualizada: normas de uso, contactos del servicio de mantenimiento y la línea directa del promotor. Decidimos mantener la comisión como organismo permanente para afrontar futuros asuntos con serenidad y organización. Salimos a la calle; la luz de los faroles se reflejaba en los senderos que ya no estaban llenos de charcos. Todo se veía firme y familiar, como el verdadero hogar que habíamos construido.

Lección aprendida: cuando la voluntad individual se dispersa, los problemas se quedan sin solución; pero la unión de vecinos convierte la frustración en acción eficaz y garantiza que, al final, la vivienda sea un espacio digno para todos.

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