Tú misma eres la culpable, mamá

Mamá, abre, es para mí la voz de Begoña se detuvo en el umbral. Yo lo haré.

Vale, no sabía respondió Ana, sin saber qué decir.

¿Y qué esperas? Sigue con tus albóndigas espetó Begoña, girándose hacia la puerta.

¿Por qué «tus» albóndigas? Compré la carne en el mercado, mamá replicó Ana, un tanto irritada.

Mamá, cierra la puerta Begoña rodó los ojos.

Entonces ya me lo habrías dicho volvió a Ana, regresando a la cocina y cerrando la puerta tras de sí. Apagó la llama del gas bajo la sartén, se quitó el delantal y salió del calor del fogón.

En el recibidor, Begoña se ponía la chaqueta. Junto a ella estaba Julián, el amigo de Luz, que no dejaba de lanzar miradas cómplices a su compañera.

Buenas, Julián. ¿Qué tal? ¿Os acompañamos a cenar? preguntó Ana, intentando suavizar la tensión.

Buenas respondió Julián, sonriendo y mirando a Luz con curiosidad.

Tenemos prisa contestó ella, sin volver la vista a su madre.

¿No os quedáis a cenar? Tengo todo listo insistió Ana.

Julián se quedó pensativo.

¡No! gritó Begoña, impaciente. Vámonos. Agarró a Julián del brazo y abrió la puerta. Mamá, ¿cierras?

Ana se acercó, pero dejó la puerta entreabierta. Desde el pasillo escuchó voces.

¿Por qué le hablas así? Huele bien, me apetecerían tus albóndigas.

Vamos, vayamos a un café. Ya estoy harta de sus albóndigas refunfuñó Begoña.

¿Acaso pueden cansar? Me encantan las albóndigas de tu madre, las comería cada día dijo Julián.

Ana no distinguió la respuesta de Luz. Los ecos en la escalera se fueron apagando.

Ana cerró la puerta de golpe y entró al salón. José estaba sentado frente al televisor.

José, vamos a cenar mientras está caliente anunció Ana.

¿Qué? se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, tomando asiento en la mesa.

¿Qué hay hoy? preguntó con exigencia.

Arroz con albóndigas y ensalada contestó Ana, mostrando la sartén.

Cuántas veces te he dicho que no me gustan las albóndigas fritas murmuró José, molesto.

Le puse agua a la sartén; quedaron casi al vapor dijo Ana, sosteniendo la tapa.

De acuerdo, pero es la última vez replicó José.

A nuestra edad perder peso es perjudicial comentó Ana, sirviendo a José un plato de arroz con albóndigas.

¿Y a qué edad te refieres? Tengo cincuenta y siete, la edad de la sabiduría y el florecimiento replicó José, clavando el tenedor en la carne y mordiendo la mitad.

¿Habéis conspirado todos? Luz se ha ido sin cenar, tú te escapas. Ya no cocinaré más; a ver cómo cantáis con el estómago vacío. ¿Creéis que la comida del café es más sana?

Pues no cocines. A ti también te vendría bien perder unos kilos. Pronto no cabrás por la puerta respondió José, acabando la albóndiga y agarrando otra con el tenedor.

¿Así? ¿Crees que soy gorda? He sacrificado todo, ¿por qué ahora te cuidas? Me he comprado unos vaqueros, una chaqueta de cuero, una gorra. Me afeité la cabeza para disimular la calvicie. ¿Para quién te esfuerzas? Seguro no para mí. Sí, estoy gorda. ¿Con quién la comparas? espetó Ana, herida.

Déjame comer en paz intentó José, levantando el tenedor, pero sin llevarlo a la boca, lo dejó sobre el plato. Dame ketchup.

Ana tomó el tarro de ketchup del frigorífico, lo dejó con fuerza sobre la mesa y salió de la cocina sin decir una palabra. El plato de Ana quedó intacto.

Se encerró en la habitación de su hija, se dejó caer en el sofá y las lágrimas brotaron sin remedio.

«Cocino, me esfuerzo, y ellos no hay gratitud. José se rejuvenece con otras miradas. Soy gorda para él. Begoña me ve como a una sirvienta. ¿Si estoy jubilada, puedo ser tratada como una anciana? Yo trabajaría si no me despidieran. Los jóvenes son preferidos, pero ¿qué saben ellos?»

Se levantó antes que todos, aunque no trabajaba, para preparar el desayuno. Todo el día giraba sin parar, sin encontrar descanso. «Yo misma tengo la culpa, me dejé consentir. Ahora se apoyan en mi cuello y se van, colgando los pies». Las lágrimas corrían por sus mejillas, y ella se secó los ojos con las manos, reprimiendo el sollozo.

Siempre creyó que su familia era buena, no perfecta, pero tampoco peor que otras. Begoña estudiaba en la universidad, José no bebía, no fumaba, ganaba bien. La casa era acogedora, la comida sabrosa. ¿Qué más podía pedir?

Se acercó al espejo del armario y se observó. «Sí, he engordado, pero no soy gorda. Las arrugas se disimulan con mis mejillas redondas. Siempre me ha gustado comer. Cocino bien. Pero a ellos ya no les importa. Cuando trabajaba, me peinaba, me hacía rizos. Ahora me corto el pelo al ras para que no moleste. ¿Qué puedo? Necesito bajar de peso, quizá teñirme el pelo».

Al día siguiente, no se levantó temprano como de costumbre, fingiendo estar dormida. «Soy jubilada, tengo derecho a dormir hasta que salga el sol. Que preparen su propio desayuno».

El despertador sonó. Se removió y se giró hacia la pared.

¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? preguntó José, sin un ápice de compasión.

Sí contestó Ana, escondiéndose bajo la manta.

¿Mamá, estás enferma? entró Begoña.

Sí, desayunen sin mí murmuró Ana desde el edredón.

Begoña resopló, tomó un sorbo de café y se dirigió a la cocina. El sonido de la tetera, la puerta del frigorífico y las voces distantes apenas se escuchaban bajo la manta. Ana decidió seguir actuando como enferma.

José entró en la habitación con el perfume caro que ella le había regalado. Después salió, dejando un silencio pesado. Ana dejó la manta, cerró los ojos y se quedó dormida.

Una hora más tarde se despertó, se estiró y caminó hacia la cocina. Los tazones sucios y las migas sobre la mesa la recibieron. Pensó: «No soy sirvienta». Se fue al baño, se dio una ducha y llamó a una vieja amiga del colegio.

¡María! respondió la voz juvenil, sin haber cambiado. ¿Qué tal? ¿Sigues descansando, jubilada?

Ana explicó que extrañaba salir, que hacía tiempo que no visitaba la tumba de sus padres. Preguntó si podía quedarse.

Claro, ven cuando quieras. dijo María. ¿Ahora?

Voy al andén ahora mismo.

Entonces apúrate, que estoy preparando pasteles.

Ana juntó unas pocas prendas, dejó una nota en la mesa diciendo que se iba a casa de una amiga y que volvería sin saber cuándo.

En el camino al andén dudó. «¿Será demasiado atrevido abandonarles?». Decidió, sin embargo, que si no había billetes volvería. En la taquilla había fila, el autobús pronto partía. Respiró hondo y tomó su sitio al final de la fila.

Luz la recibió con un abrazo. Tomaron té y pasteles recién hechos, sin decir mucho.

Qué bien que has venido. Cuéntame qué ha pasado incitó Luz.

No te engañaré suspiró Ana y le relató todo.

Perfecto, déjalos hablar. Apaga el móvil.

¿No es demasiado drástico? preguntó Ana, dudosa.

Justo lo que necesitas. Mañana vamos al salón de belleza, cambiasremos tu imagen. Allí trabaja Valentina, ¿la recuerdas? Era una estudiosa, ahora está en la lista de espera de todos. Iremos de compras, te convertiremos en una mujer impactante. Tu marido se quedará boquiabierto.

Esa noche, Ana no dormía bien, pensando: «¿Qué pensarán? ¿Estarán enfadados o contentos?»

Al día siguiente, Valentina les recibió con una sonrisa, la sentó en una silla y mientras le pintaba el cabello y arreglaba las cejas, Ana se dejó llevar. Valentina también pidió la manicura. Cuando la miró al espejo, apenas reconoció a la mujer que había sido. Una versión más joven, radiante, la observaba.

No, basta por hoy. No aguanto más suplicó Ana.

De acuerdo, te apunto a las ocho de la mañana. No llegues tarde, si no la gente se queja dijo Valentina con firmeza.

Mira cómo ha quedado, ¿quién lo habría dicho? comentó Luz al salir del salón. Ahora vamos de compras.

¿Otra vez? protestó Ana.

No, vamos. Con ese peinado y ese viejo abrigo, la belleza exige sacrificios empujó Luz a la galería comercial.

Ana salió del centro comercial con unos pantalones holgados, una blusa ligera y un cardigan color arena. Llevaba bolsas con un vestido nuevo, una chaqueta y un par de zapatos. Se sentía rejuvenecida, segura, como si hubiera recuperado la figura que había perdido.

En la casa de Luz, apareció un hombre corpulento, cabello blanco como la nieve, bigote gris.

¡Hola, chicas! exclamó, admirando a Ana. No has cambiado nada, luces estupenda.

Yo empezó Ana, desconcertada.

¿No lo reconoces? Es Pablo Gómez, el antiguo compañero de clase aclaró Luz.

¿Pablo? preguntó Ana.

Sí, aquel chico flaco y sin gracia confirmó el hombre, satisfecho con su efecto. Ana apenas lo reconocía, aunque él había sido el mismo de los años de instituto.

Vamos a mi casa, celebramos tu transformación. Tenemos una botella de vino propuso Luz.

Se sentaron los tres, bebieron vino y recordaron la época escolar. Ana se sonrojó, ya fuera por el vino o por la atención de Pablo.

Él sigue enamorado de ti dijo Luz cuando Pablo se marchó.

Déjalo, han pasado años.

Te ves tan bien que cualquiera volvería a enamorarse aseguró su amiga.

¿Vive todavía en tu casa? cambió el tema Ana.

No, se retiró del ejército, es coronel retirado. Volvió hace dos años tras una grave herida en el frente. Los médicos dudaban que pudiera caminar, su esposa lo abandonó, pero él se puso de pie, aunque cojea cuando camina mucho. No te apresures, observa aconsejó Luz.

Yo estoy casada protestó Ana.

Esa noche, decidió volver a casa, pero Luz no quiso escucharla.

¿Acabas de llegar y ya te vas? No, demuéstrale que tienes carácter. Nada le pasará a tus hijos. Pasa una semana aquí. Por cierto, Pablo consiguió entradas para el teatro. ¿Cuándo fuiste al teatro la última vez?

Al teatro municipal en la obra de Navidad con Luz replicó Ana.

Al teatro, la obra de Navidad imitó Luz. Vamos a lucir ese vestido nuevo.

Tres días después, Ana encendió el móvil.

Mamá, ¿dónde estás? Papá está en el hospital. Ven rápido llamó Luz.

El corazón de Ana se encogió. Se puso en marcha. Pablo la llevó hasta la estación de tren.

Ana, si necesitas algo, aquí estoy. No dudes en pedírmelo le dijo.

Gracias, Pablo.

En el autobús, llamaron a Luz. La hija le contó que la salida de su madre la había sorprendido. Pensaba que volvería al día siguiente.

¿Y el padre? preguntó Ana.

Sé que no te gustará saberlo, pero te lo diré. El padre te ha engañado. Lo vi salir del portal del vecino varias veces. Me pidió que no te lo dijera. Cuando desapareciste, dejó de venir a pasar la noche. Ayer regresó inesperadamente, su mujer está trabajando por turnos. Se escuchó una pelea, le rompieron dos costillas, pero no es grave. También tuvo una hemorragia cerebral, pero la ambulancia llegó a tiempo narró Luz, con la voz temblorosa.

Ana sintió que debía quedarse. Llegó a casa al atardecer; ya era demasiado tarde para el hospital.

Mamá, has cambiado mucho. Casi no te reconozco dijo Begoña, ahora con un tono respetuoso.

Temía que no volvieras, que hubieras encontrado a alguien confesó Ana.

No he encontrado a nadie. Sólo quería daros una lección. Con papá ya no me consideras una persona admitió Begoña.

Perdóname, mamá, pero tú misma te has puesto en la culpa. Te jubilaste, dejaste de cuidarte, te volviste una anciana. Mira, papá se pondrá celoso. ¿Lo perdonarás? gritó Luz.

Ana recorrió la habitación con la mirada. Qué bien estaba en casa, rodeada de su propio mundo.

A la mañana siguiente, preparó caldo de pollo y se dirigió al hospital. José, con la barba grisácea, la recibió entre lágrimas y pidió perdón. Ana le alimentó con una cuchara de caldo.

Dos semanas después, José salió del hospital. Al bajar del taxi, pasaron al lado un hombre y una mujer. José se estremeció, miró hacia otro lado. La mujer apartó la mirada. Ana comprendió que era su rival: una joven rubia, esbelta. José se encogió, intentando evitar el encuentro.

¿No te irás nunca más? preguntó él en casa.

¿Y ahora ya no soy gorda? No he perdido peso respondió Ana, con ironía.

Pedí perdón. Fui un tonto. ¿Puedes freír esas albóndigas? Te he extrañado imploró José.

Ana volvió a freír, sirvió una cena abundante.

¡Qué rico huele! exclamó Begoña, recién llegada de la universidad.

Se sentaron juntos como antes, cuando Begoña estudiaba en el instituto, José no criticaba a su esposa, devoraba todo y la elogiaba. Ana estaba dispuesta a pasar horas junto al fogón solo para complacer a su marido.

Miraba a su familia y sentía una profunda alegría: estaban vivos, casi sanos, la necesitaban. La vida familiar no siempre es perfecta; la edad avanza, el cuerpo ya no es como antes, pero el alma sigue joven. Es duro aceptar los cambios, pero anhelas retener la fuerza de antes.

Cada uno aprendió su lección. Lo esencial es que siguen juntos. No se puede cambiar el destino del caballo que lleva la vida, pero sí podemos mantenernos en la silla.

«Buen marido, buen hogar ¿qué más necesita el hombre para afrontar la vejez?»
C/¡Ay, qué vida más dura!
«Tememos tanto a la vejez que intentamos huir de ella. No comprendemos la dignidad de envejecer junto a quien no nos provoca el deseo de matarlo ni nos deja cicatrices de humillación».

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