Mis padres compartían un amor del que la mayoría solo puede soñar. No era brillante, ni ruidoso, ni ostentoso — era profundo, sereno y sincero. Un amor que nace no de la pasión, sino de la confianza, el calor y el respeto. Este amor los acompañó toda su vida — desde sus primeros encuentros hasta el último día, cuando papá, ya muy débil, se despidió de este mundo a sus 80 años.

En mis padres había aquel amor del que muchos sólo sueñan. No era brillante, ni ruidoso, ni ostentoso, sino profundo, sereno, sincero. Nacía, no de la pasión desbordante, sino de la confianza, el calor y el respeto mutuo. Lo acompañó toda la vida, desde los primeros encuentros hasta el último día, cuando papá, ya muy débil, se deslizó silencioso fuera del mundo a los ochenta años.

Mamá todavía retiene cada detalle de sus años compartidos. Cómo le traía, de viajes a la feria de San Mateo, los dulces de León que ella guardaba celosamente para acompañar el café. Cómo recorría el mercadillo buscando el queso de cabra que ella adoraba, pues el otro no tiene el mismo sabor. Cómo, en medio de una jornada cualquiera, negociaba con algún desconocido para que le entregara un ramo sin motivo, solo para recordarle: «Te quiero».

Vivían en una aldea diminuta al borde del bosque, sin restaurantes ni floristerías. Así que papá regalaba a mamá lo que crecía a su paso: lirios, campanillas, margaritas y violetas silvestres. Tras la faena, aun cansado, se encaminaba al prado y volvía con un manojo en la mano, repitiendo el gesto cada año mientras sus piernas le permitieran. Cuando la enfermedad lo ató a la cama, ella misma salía al jardín y arrancaba flores para colocarlas a su lado.

Su amor era sencillo, y en esa sencillez habitaba la verdadera belleza. No había gestos grandilocuentes, regalos costosos, palabras estruendosas; solo pequeñas cosas cargadas de sentido. Sus sentimientos se percibían en cada mirada, en cómo ella ajustaba su pañuelo, en cómo él le ofrecía su mano, aun cuando ella podía sostenerla sola.

Una tarde, papá olvidó que aquel día se cumplía su aniversario de bodas. Era verano y, con humor, le entregó un ramo de flores de patata. Mamá se rió hasta las lágrimas y, después, repitió durante mucho tiempo que aquel había sido el obsequio más cálido de su vida, porque contenía todo: cuidado, ternura y una pizca de esa inocencia infantil que ella apreciaba tanto.

Aún recuerdo la historia que mamá contaba a menudo. Se había ido a un curso de perfeccionamiento a Valencia, y papá quedó en casa con los hijos. Tras unos días, pidió a la vecina que le ayudara y, sigilosamente, se dirigió a su casa solo para pasar dos jornadas a su lado, ir juntos al teatro y pasear por las callejuelas al anochecer. En sus ojos brillaba la misma luz que hacía años, cuando la invitó por primera vez a cenar.

Su amor vivía en los actos, no en las palabras. En las tazas de té matutino que él le llevaba a la cama. En las caminatas compartidas hasta el río, donde se sentaban en la orilla y escuchaban el canto de los grillos. En la espera silenciosa de la primavera, cuando juntos miraban cómo el hielo se derretía. En la comprensión muda que los unía, sin explicaciones, sin exigencias, solo sintiendo con el corazón.

Cuando papá volvía de un viaje de trabajo, mamá siempre sentía el momento exacto de su llegada. Decía: «Hoy él vendrá», y nunca se equivocaba. Lo esperó incluso cuando él intentaba sorprenderla. Él, a su vez, le dejaba notas breves en trozos de papel:
«Te quiero. Besos. Juan».
Y esas palabras, simples y sinceras, le valían más que cualquier confesión.

Su vida no fue perfecta: hubo dificultades, discusiones, momentos de escasez, enfermedades. Pero nunca perdieron lo esencial: eran un equipo. Su amor no necesitaba pruebas, porque simplemente existía.

Así que, cuando alguien asegura que el amor verdadero es un mito de cine o novela, solo sonrío. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a dos personas permanecer juntas toda la vida, no por costumbre ni obligación, sino por un amor que crece, se transforma, pero nunca se apaga.

Lo he visto en la mirada de mamá, cuando hoy coloca una pequeña maceta con flores junto a la foto de papá. En ese gesto se concentra una vida entera. Su historia de amor, auténtica, sin adornos, como un susurro entre los álamos del bosque.

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Mis padres compartían un amor del que la mayoría solo puede soñar. No era brillante, ni ruidoso, ni ostentoso — era profundo, sereno y sincero. Un amor que nace no de la pasión, sino de la confianza, el calor y el respeto. Este amor los acompañó toda su vida — desde sus primeros encuentros hasta el último día, cuando papá, ya muy débil, se despidió de este mundo a sus 80 años.
My Husband Laughed as He Tossed the Food, ‘Even the Dog Won’t Touch Your Cutlets,’ Yet Now He’s Dining at a Homeless Shelter I Support.