La abuela, Doña Carmen, se convirtió en abuela a los 44 años y, en ese mismo instante, empezó a encajar con el puesto que la sociedad le había dibujado. No, claro, no iba con un chal de flores ni con bastón; hasta bien entrada la tercera edad se mostraba siempre pulcra y digna. Recuerdo una vez que, juntas, cosimos un vestidosito rojo chulísimo para la muñeca de mi sobrina Begoña. Yo estaba encantada y le pregunté si le gustaba ese vestido. Ella soltó una carcajada y contestó: «¡Anda ya, que yo soy la abuela!». Ese «soy la abuela» se quedó grabado en todo lo que hacía. Con el primer nieto, entró sin remedio en los moldes que la sociedad y ella misma le habían impuesto y los llevó toda la vida, como todas las mujeres de su entorno.
Hoy en día escucho a la gente de los 40 y tantos decir que la vida les ha tocado de todo y que es cuesta arriba vivir en una época de cambios constantes. Pero son ellos los que han roto esos marcos, esas costumbres y esas ideas fijas sobre la edad. ¿Te imaginas llamar «abuela» a una mujer de poco más de cuarenta? Aún se ve como una chica guapa, aunque ya no sea una jovencita fresca. Su mentalidad sigue apuntando a la juventud, no a la vejez.
En el mundo actual la edad de una mujer a veces solo se adivina, y de vez en cuando cuesta determinarla por los detalles que la rodean. Yo suelo tomar un café en una cafetería pequeña de la Plaza Mayor; la barista, Sofía, ya conoce mis gustos y siempre intercambiamos unas palabritas. Es una chica bajita, delicada y muy guapa, parece recién salida de la universidad. Hace poco entré y vi que a su lado estaba un hombre enorme, de hombros anchos, casi dos metros de altura. Me pregunté si era su novio, porque ella parecía una Diminuta. Él se agachó, la besó y todo parecía encajar. Entonces, de repente, él le preguntó con voz profunda: «Mamá, ¿me puedes prestar unos doscientos euros?». Si me hubieran dicho que ella era su hija, la sorpresa habría sido mucho menor…
Lo mejor de la mujer actual es que ella decide cómo quiere lucir y qué edad le resulta cómoda. Puede querer trenzas y tatuajes en la zona del bikini, tacones de aguja y vestidos con escote profundo, zapatillas deportivas y vaqueros rasgados, blusas amarillas, faldas ajustadas y sombreros para cada temporada. Claro, también los vestidos rojos, mini o con una cremallera tentadora que sube por la espalda. Nadie se encoge de hombros ni hace un gesto de desprecio; y si lo hacen, a ella no le importa nada.
Hay una frase que siempre escuchábamos: «Si la juventud supiera, si la vejez pudiera». Ya esa frase se ha borrado. La generación de mediana edad la ha eliminado como quien quita una mancha de la ropa blanca. Ahora sabemos mucho y aún podemos actuar. Este grupo no se ancla a ningún puerto: los mayores lo evitan, los jóvenes lo miran con recelo, y el barco sigue su rumbo, disfrutando de la aventura.
Y lo que más me ha quedado claro últimamente, y lo comparto contigo con gusto, es que la edad no encierra límites, los amplía. No hacemos falta buscarnos; ya nos hemos encontrado, y ahora afinamos nuestras habilidades o probamos nuevas técnicas que nos hacen felices. No tenemos que juntarnos con cualquiera; nuestra meta es conservar a los que comparten nuestro latido. Podemos permitirnos el lujo de disfrutar, no solo lo necesario. En el amor y la intimidad buscamos calidad, sabiendo que la cantidad no la reemplaza, y dándole a la juventud una ventaja de cien puntos.
No apresuramos a los niños a crecer, porque ya hemos visto qué pasa cuando lo hacemos. Queremos disfrutar de su infancia, llenándola de lo que a nosotros nos faltó. Sabemos que el dinero no compra la felicidad, la salud ni la lealtad, y que el camino hacia la meta a menudo pesa más que la meta misma. Quien no goza del proceso difícilmente disfrutará del resultado. Ya hemos aprendido de los errores, sentimos lo rápido que pasa el tiempo y ahora podemos añadir a nuestra vida los pequeños detalles y trazos elegantes que convierten a un pintor en maestro y su lienzo en una obra maestra.
Cuando comprendes todo eso, te das cuenta de que ahora tus posibilidades son infinitas. Puedes aprender a bailar sevillanas, a cantar, a tocar la guitarra, a estudiar idiomas, bucear con escafandra, montar a caballo, esquiar o patinar. Puedes soplar vidrio, conducir, decorar bolas de Navidad, remar en kayak, hacer mosaicos, criar abejas, pintar parques infantiles, modelar cerámica, bordar con cuentas o a mano, hornear bizcochos, fermentar col o hacer fideos caseros. Puedes viajar y ver con tus propios ojos lo que solo has escuchado. Puedes adoptar un perro, llamarlo Luna, o acoger a un tercer gato, llamado Misu. Puedes rodar tu propia película o subir al escenario, mudarte al campo o, por fin, dedicarte a ese hobby que siempre pospusiste por falta de tiempo. Puedes sumergirte en una novela sin pensar en nada más, o tener otro bebé. O simplemente pasear solo por los senderos del Retiro, perderte en el silencio, y bajo la niebla tomar un café con leche o un té de melisa, saboreando cada sorbo como si fuera otoño, vida y felicidad.
Al final, ahora entendemos que el tiempo no es infinito, y por eso hay que valorar aún más nuestra edad de posibilidades sin límites.







