Una anciana de noventa años entró despacio al supermercado del barrio de Lavapiés en Madrid, apoyándose en su viejo bastón de madera. Cada paso le costaba: la espalda le dolía, las piernas temblaban, pero siguió adelante con la terquedad de quien nunca ha pedido ayuda. Siempre había hecho todo sola, sin quejarse ni una gota de lástima.
Al pasar junto a los pasillos se detuvo un buen rato. Cogió un bote de pan, lo devolvió porque costaba 2, demasiado caro para ella. Observó un paquete de aceite, volteó la etiqueta y soltó un suspiro de desdén. Todo le parecía ajeno, indiferente. La gente corría, los móviles sonaban, los carritos chirriaban, y ella permanecía allí, sola entre decenas de miradas que ni se dignaban a cruzar.
Ya casi llegaba al final del corredor cuando, de repente, un agudo dolor atravesó su pierna y cayó al suelo frío, soltando el bastón.
¡Ay, Señor! murmuró, intentando incorporarse.
Algunos giraron la cabeza; uno frunció el ceño, otro se encogió de hombros, y otro fingió no haberla visto. Una joven en la sección de yogures seguía escogiendo sin inmutarse. Un señor en la caja miró un momento y siguió su vida.
La anciana intentó levantarse, pero las piernas no le respondían. Se aferró al bastón y volvió a desplomarse. Las lágrimas asomaron en sus ojos. Extendió la mano con la esperanza de que alguien se acercara. Nadie se acercó. Un chico de veinte años sacó el móvil, pero no para ayudar, sino para grabar.
Y entonces empezó a arrastrarse, lentamente, con las palmas apoyadas en el azulejo, mientras el bastón golpeaba a su lado. La gente se apartaba en silencio. Ninguno le tendía la mano.
Pero de pronto sucedió lo que hizo a todos quedarse boquiabiertos.
Se acercó a la anciana una niña de apenas cinco años, de la zona, con un osito de peluche apretado bajo el brazo. Se arrodilló a su lado, la miró y en voz bajita le preguntó:
Abuela, ¿le duele? ¿Dónde están sus hijos?
La anciana bajó la mirada; en sus ojos brillaron lágrimas distintas, ya no de dolor sino de gratitud. La niña extendió su manita y trató de ayudarla a ponerse de pie.
Su madre, al ver la escena, se lanzó al rescate, levantó a la anciana, la sentó en un banco cerca de la salida y llamó a la ambulancia. La niña, mientras tanto, le sujetaba la mano y susurraba:
No tenga miedo, todo va a estar bien.
Cuando llegó la ambulancia, el supermercado quedó en silencio. Los clientes que hace un momento evitaban mirarse, ahora tenían la vista clavada en el suelo.
A veces basta un solo corazón generoso para recordar a los demás que también son personas.
Y fue ese día que la humanidad se mostró no a través de una muchedumbre de adultos, sino gracias a una pequeñita con su osito de peluche.







