15 de julio de 2023
Hoy he vuelto a revivir aquel episodio que todavía me eriza la piel cada vez que lo recuerdo. Era una noche de invierno en el Hospital Universitario La Paz, cuando la enfermera de guardia, la tía Sonia, irrumpió en la sala de internamiento gritando: ¡Paciente grave en el quirófano dos!.
Yo ya estaba allí, el equipo reunido y, sobre la mesa de operaciones, una niña de unos seis años. Mientras me vestía y desinfectaba, la tía Sonia me puso al corriente: una familia de cuatro había sufrido un accidente de tráfico en la autopista A-3. Había perdido el control del coche y se estrelló contra un árbol. Los ocupantes: padre Javier, madre Celia y los gemelos Álvaro y Begoña.
Begoña resultó la más golpeada; el impacto se concentró en el portal trasero derecho, justo donde ella se encontraba sentada. Los padres y Álvaro salieron con rasguños y hematomas, pero pudieron ser atendidos en el lugar.
La pequeña presentaba múltiples fracturas, contusiones, laceraciones abiertas y una enorme pérdida de sangre. En pocos minutos llegó el informe de laboratorio: el grupo sanguíneo de Begoña era O+, pero en la reserva no teníamos la tercera unidad positiva que necesitábamos. El tiempo corría. Se realizó rápidamente la tipificación de los padres: Javier tenía A+, Celia AB+. Recordamos al hermano, cuyo grupo era O+, justamente el que faltaba.
Los tres estaban sentados en la sala de espera: Celia sollozaba, Javier tenía la cara pálida y Álvaro miraba al vacío, cubierto de ropa manchada de sangre. Me acerqué, me senté a su nivel y le dije:
Si tienes ese grupo sanguíneo, la vida te sonríe, pero ahora tu hermana necesita esa sangre.
Lo sé sollozó, frotándose los ojos con el puño. Cuando chocamos, ella se golpeó fuerte. La sostuve en mis rodillas, lloró, luego se quedó dormida.
Le pregunté si quería salvarla y él asintió, con la respiración entrecortada. Llamé a la tía Sonia, quien le explicó:
Vas a pasar por la sala de procedimientos; la tía Sonia es experta en la extracción, será indoloro.
Álvaro respiró hondo, se volvió hacia su madre y exclamó:
¡Te quiero, mamá, eres la mejor! y, girándose al padre. ¡Y a ti, papá, gracias por la bicicleta!
La tía Sonia lo llevó y yo corrí al quirófano dos. Tras la operación, cuando Begoña ya estaba en cuidados intensivos, regresé a la zona de internamiento y encontré a Álvaro recostado bajo una manta, todavía con la pipeta al lado.
¿Dónde está Begoña? preguntó con voz temblorosa.
Está durmiendo. Todo saldrá bien; la has salvado.
¿Y cuándo moriré yo?
Bueno no será pronto, tendrás tiempo de envejecer como cualquier otro.
Al principio no capté la profundidad de su pregunta, pero luego entendí. Creía que su vida se acabaría al donarle sangre, como si fuera un sacrificio definitivo. No obstante, al ver su rostro aliviado, comprendí que había ofrecido su vida por su hermana y que, en realidad, había ganado una nueva oportunidad.
Ese gesto, tan puro como el de los héroes de las novelas de Cabral, quedó grabado en mi memoria. Han pasado muchos años y, aun ahora, cada vez que paso por la unidad de cuidados intensivos, un escalofrón recorre mi espalda al recordar aquel día en que un niño, con el corazón en la mano, decidió que el amor era más fuerte que el miedo.







