El Vecino y Su Amigo

A finales de agosto el portal del edificio de la calle Gran Vía vive su rutina habitual: el ascensor cruje, el conducto de basura se cierra de golpe, los niños bajan sus patinetes al sótano. Begoña vuelve del trabajo siempre a las siete y casi cada tarde, en la zona de la cuarta planta, la fragancia del pienso para perros y el crujido de las uñas sobre el linóleo le anuncian que detrás de la puerta número cuarentaysiete sigue dormido Antonio Mateo, mientras en el umbral le espera pacientemente su mestiza, Chispa.

Antonio tiene poco menos de sesenta años. Durante años trabajó como electricista en la empresa municipal de suministros, después se tomó una baja por enfermedad y, poco a poco, la gente empieza a comentarle que bebe con frecuencia. Sin embargo, incluso en los días más duros, el perro se muestra impecable: el cuenco de agua está siempre lleno, el pelaje de su espalda no se enreda y en los paseos nocturnos Chispa lleva un brillante collar rojo, que, según cuenta el propio dueño, compró con su primera prima sobria.

Begoña se ha habituado a notar los pequeños gestos: la servilleta que Antonio coloca bajo los cuencos para que no hagan ruido; los paquetes de basura enrollados que saca del bolsillo; el tímido gracias que susurra cuando accidentalmente tropieza con alguien en la escalera. Estos pormenores amortiguan la irritación que, inevitablemente, brota cuando del apartamento se oyen gritos alcohólicos o el golpe de la vajilla. Nadie logra comprender por qué quien cuida a un animal no consigue cuidarse a sí mismo.

A principios de septiembre el ruido se intensifica. Primero son solo músicas altas después de la medianoche, pero pronto Antonio empieza a hablar con la radio, exigiendo al locutor que ponga algo decente. Los bajos retumban por los pasillos y hacen vibrar los vasos de Begoña en la cocina. En el grupo de WhatsApp del edificio llegan quejas: ¿Hasta cuándo? escribe la vecina de la quinta planta. No se puede acostar al niño. La presidenta del consejo sugiere llamar a la policía, otros argumentan que se tiene lástima del perro. Lo más curioso es que Chispa rara vez ladra, como si supiera que subir el volumen no ayuda.

Begoña se convence de aguantar unas noches más: Pasará, se calmará. Pero en la cuarta noche percibe bajo la puerta cuarentaysiete un olor a aguardiente, no a pienso, y ve a Chispa arañándose hasta sangrar, intentando salir. Antonio no responde al golpeteo. Begoña marca su móvil, pero solo escucha el tono. Entonces sube a la vecina de arriba, Natalia Serrano, y juntas intentan decidir qué hacer. No hay gritos, pero la tensión aprieta el aire como una banda elástica.

En la reunión improvisada en el propio portal, la gente habla sin parar. Algunos proponen forzar la puerta, otros gritan ¡el borracho! y otros piden piedad para el animal. Begoña lleva a Chispa con una correa; el perro se ha refugiado junto al conducto de basura, empujando la puerta entreabierta con la pata. El pelo se humedece con su aliento, el cuerpo tiembla. En la primera planta está el portero, que llama a la comunidad de propietarios y pregunta si pueden cortar la energía al infractor y levantar un acta. Desde el altavoz responde rutinariamente: Presente la denuncia por escrito.

El domingo por la mañana la situación se rompe. En la escalera huele a vómito y medicinas; la puerta cuarentaysiete está entreabierta y se oyen gemidos ahogados. Begoña pulsa el 112, explica al operador que el vecino está inconsciente, posible intoxicación alcohólica. Le piden que indique la dirección, la edad del afectado y el pulso. Con una rodilla sostiene a Chispa, con la otra, temblorosa, cuenta los latidos del pecho de Antonio: escasos, pero presentes.

La ambulancia llega a los quince minutos; una furgoneta blanca de la Cruz Roja chirría sobre el pavimento mojado del patio. La enfermera, una mujer de rostro serio y chaqueta azul oscura, reconoce al instante el olor del corredor, aunque su expresión sigue impasible. Le toma la presión, le coloca una perfusión de solución fisiológica y un medicamento contra la intoxicación etílica. La policía, llamada simultáneamente, se limita a levantar acta por el ruido y a firmar por la puerta forzada. Tras retirar al hombre, los médicos permiten que Chispa se quede en el piso; Begoña se compromete a sacarla a pasear y a alimentarla. Cierran la puerta con una cinta rojoblanca, fecha y firma.

Dos días después, a mediados de octubre y bajo la lluvia, el portal aún huele a desinfectante y los escalones brillan con marcas húmedas de botas. Antonio regresa del hospital al amanecer, cargando una bolsa de plástico con un bata y documentos arrugados. Parece que lleva la ropa de otro: los hombros caídos, la mirada buscando refugio. En la zona de la reunión están los vecinos, incluida la administradora, Margarita Alejandra, una mujer de rizos y tableta. Begoña lleva a Chispa desde su apartamento y la entrega al dueño. El perro se frota contra sus rodillas, mueve todo el cuerpo y Antonio, inesperadamente, llora, intentando esconder el rostro tras el cuello gris del perro. El ambiente se silencia; incluso Sergio, el vecino que preparaba una denuncia, baja la mirada.

Antonio comienza Margarita Alejandra con voz decidida, vamos a tramitarte el programa de ayuda social. ¿Trabajas? No susurra él. Entonces, o accedemos a una rehabilitación, o la comunidad presentará una demanda por alteración del orden. ¿Entiendes las consecuencias? Antonio asiente, mirando a Chispa como buscando una señal. Begoña observa al perro temblar, no por frío, sino por una energía contenida que no puede liberar. En ese instante Begoña comprende: la solución depende de todos, pero la primera palabra debe ser suya.

Él levanta la vista lentamente: Firmaré todo lo necesario, pero no se lleven a la perra. Su voz es ronca, pero firme. Los vecinos se miran. Margarita Alejandra suspira: Nadie lo hará. Pero las condiciones son: silencio después de las diez, prohibido el aguardiente y un informe semanal al guardia civil. Te ayudaremos con los documentos en el servicio de empleo y la clínica. Extiende el bolígrafo; Antonio firma bajo su apellido, marcando un nuevo punto en su historia. El giro se ha dado; el camino al caos queda bloqueado.

Pasadas unas semanas, Antonio ya se levanta temprano, se pone la chaqueta vieja y saca a Chispa a pasear. La perra menea la cola con vivacidad, mirándolo con esos ojos astutos. Begoña lo ve hablarle como si le contara sus planes del día o simplemente le agradeciera por estar allí.

Una semana después, los residentes vuelven a congregarse en la reunión del portal, pero el tono es ahora más suave y conciliador. La gente intercambia ideas sobre cómo apoyar a Antonio y darle una oportunidad de no recaer. Natalia Serrano propone juntar naranjas y otras frutas para que sienta el cariño de los vecinos. Todos asienten; el gesto es sencillo pero sincero.

Antonio va cambiando hábitos, ya no siente la necesidad de buscar el exceso y pasa las noches leyendo viejos libros y descubriendo nuevas lecturas para distraerse. Se nota: el golpeteo sordo y los gritos ebrios desaparecen del edificio, dejando paso al susurro de páginas que se pasan y a los recuerdos de tiempos pasados.

Una tarde, Begoña vuelve del trabajo y ve a Chispa sentada frente a la puerta cuarentaysiete, rascando el suelo sin que sus uñas resbalen sobre el linóleo. Sonríe: el perro claramente se ha acostumbrado a la tranquilidad, al igual que los demás. Detrás de la puerta se oyen pasos, y Antonio abre para aparecer en la zona communal:

¡Buenas noches! Gracias por el apoyo, significa mucho para los dos dice, acariciando la cabeza de Chispa.

Begoña observa a Margarita Alejandra acercarse con un libro en la mano. La extiende con una sonrisa amable:

Creo que te será útil. Hay más si te gusta.

Antonio recibe el libro y su expresión se parece a la de quien recibe un regalo de un viejo amigo. El volumen trae nuevas esperanzas; sobre todo, una noche acogedora junto a los suyos.

Los vecinos también notan que Antonio cuida más a Chispa. Lo ven pasar por la clínica veterinaria y comprar pequeños juguetes y premios en la tienda de barrio. Son detalles sutiles, pero que dibujan la nueva vida del hombre. Chispa sigue siendo una compañera fiel, no solo manteniendo a su dueño a flote, sino también ofreciendo una pata cálida o una mirada atenta cuando se necesita consuelo.

El otoño se transforma en invierno. Los días se acortan, las noches se vuelven realmente frías. Cada vez se ve menos a Antonio en la calle, pero cuando aparece ya no parece el hombre que se escondía tras la sombra, sino un habitante corriente de la ciudad. Al regresar del centro de rehabilitación, entiende que aquel camino ha sido el inicio de un cambio; un pequeño paso, pero el correcto.

En la víspera del invierno, comprende que los vecinos que antes estaban descontentos con su estilo de vida resultaron ser aliados en su dura lucha. Respetan sus límites, y él descubre lo que significa ser parte de la comunidad, del portal y de la vida junto a Chispa, que los ha unido a todos.

La primera nevada cubre todo a su alrededor, ocultando el paisaje gris bajo un manto blanco. Junto al portal, Antonio y Chispa se cruzan con Begoña.

¿Qué opinas, Begoña? ¿Ahora sí será tranquilo? pregunta, con esperanza.

Creo que sí. Mira, el río se ha congelado, ha caído la nieve. Es el inicio de una nueva estación, no solo para el patio, sino para todos nosotros responde Begoña, observando a Chispa olfatear la nieve y dejar huellas en el césped.

Él asiente, y ese sencillo gesto culmina su largo proceso de reconciliación.

Desde ese momento, cada habitante del edificio sabe que el perro sigue siendo el puente que une a gente que parecía estar en orillas opuestas.

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El Vecino y Su Amigo
And So He Taught Her the Virtue of Patience…