Los lobos en el bosque

El hombre avanza por el bosque de la Sierra de Guadarrama desde hace ya varias horas. Le encantan estas caminatas: el silencio, el olor a pino, el aire fresco y el canto de los pájaros. Todo transcurre con calma hasta que, de pronto, escucha el crujido agudo de ramas a sus espaldas.

Se gira y se queda paralizado. De entre los árboles emergen en fila lobos; no son menos de ocho. Sombras grises se deslizan sin ruido sobre el lecho de hojas caídas, acercándose. Al principio piensa que solo le cruzan, pero al ver que se dirigen directamente hacia él, el pecho se le enfría.

Corre hacia el árbol más cercano. La mochila se le escapa de los hombros, cae sobre la hierba y él, aferrándose a la corteza, se arrastra hacia arriba sintiendo temblar los brazos. Los lobos rodean el tronco. Un gruñido sordo se funde en un coro aterrador. Uno de los animales salta, atrapa con los dientes su bota y la lanza al suelo. El hombre grita, se descola, pero apenas logra mantenerse en pie. Su corazón late como si quisiera salir del cuerpo.

Sabe que no podrá aguantar mucho tiempo. El móvil sigue dentro de la mochila y la ayuda está a decenas de kilómetros. Entonces, desde lo profundo del bosque, surge un sonido que eriza los pelos. Un rugido grave, más profundo que el de cualquier lobo, como si la propia tierra hablara. Los lobos se tensan, levantan las orejas y aprietan los cuerpos. Un instante después, de entre la sombra de los árboles, aparece una enorme figura.

En la clareira se muestra un oso. Camina despacio, con paso seguro, y cada pisada retumba en el pecho del hombre. Se detiene a unos pasos de la manada y ruge. El bramido es tan fuerte que las hojas tiemblan y los pájaros se lanzan de las ramas. Los lobos se estremecen al instante; uno aprieta la cola, otro retrocede y, en cuestión de segundos, toda la manada desaparece entre la maleza como si nunca hubiera estado.

El oso queda solo. Levanta la cabeza, mira al hombre; la mirada es pesada, pero no hostil. Se cruzan los ojos durante varios segundos, y luego el animal se vuelve silencioso, da media vuelta y se adentra entre los árboles, fundiéndose con el bosque.

El hombre, aún tembloroso, se queda sentado en la base del tronco, incapaz de moverse. Sólo ha escapado de la muerte porque otro depredador apareció en el momento justo. Cuando el miedo comienza a disiparse, baja al suelo, recoge la mochila y la mira hacia donde se alejó el oso.

Gracias murmura en voz baja.

El bosque permanece en silencio; sólo el viento agita las ramas y, a lo lejos, un cuervo grazna de forma apagada.

Desde entonces, el hombre vuelve a ese bosque con frecuencia, dejando en la clareira un trozo de pan y un poco de miel. Cada vez que la niebla cubre el suelo, siente que, entre los árboles, lo observan ojos cálidos y sabios. Tal vez sea solo una coincidencia, o quizá, en aquel bosque, realmente haya alguien que lo vigile.

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