Quiero contarles una historia que todavía me hace sentir el alma en un nudo, pero luego, suavemente, se va deshaciendo y me llena de calidez.

Quiero contaros una historia que, aun hoy, me aprieta el corazón, y luego se va desatando poco a poco, como el fuego que vuelve a encenderse. Es la historia de Inmaculada, la hija de Claudia y Esteban, y de cómo un día la niña tomó a su madre del cuello, como se atrapa a un gatito descarriado. Todo el pueblo, el de El Pinar, se quedó boquiabierto.

Todo comenzó con una desgracia negra. Vivían Claudia y su marido Esteban, que se juntaban como el aceite y el agua. Ella la Claudita, él el Estebita. Era él fornido, con manos como dos palas de excavadora, y el corazón blando como una paloma. Ella, callada y buena, pasaba sus días entre el huerto y la casa. En su casita se respiraba un aroma distinto al de los demás: no solo sopa de ajo y pan recién horneado, sino una calidez especial, una felicidad silenciosa. Yo, que llegaba para medir la presión, no quería irme. Nos sentamos en la vereda y me contaban de sus plantines, de su vaca Margarita, y de su hija Inmaculada, que se había instalado en la ciudad.

Pensaba, así es la vida, sin luces de neón. Pero, de golpe, como un martillo contra la cabeza, Esteban desapareció. Una mañana salió en su tractor al campo, alegre y sonrojado, y gritó a su mujer: «¡Claudita, llévame más caldo de lentejas!» Al mediodía lo trajeron sin aliento, como un reloj viejo que se ha detenido de repente.

Claudia quedó descolmada. En el funeral no lloró; permanecía inmóvil, como una escultura salada, miraba al vacío con los ojos apagados. Sus labios blancos estaban apretados en una fila. La llevábamos de la mano, pero parecía no estar allí. Su alma había partido con Esteban, y solo quedó un cascarón vacío.

Entonces llegó Inmaculada, recién salida de la capital, ingeniera, con estudios y apartamento propio, y había dejado todo para salvar a su madre. ¿Cómo se salva a quien ya no quiere vivir?

Claudia no estaba enferma de ninguna dolencia que se pueda anotar en una ficha. Simplemente se apagaba. Yacía en la cama, de espaldas a la pared donde colgaba la camisa de Esteban, y guardaba silencio. Inmaculada le preparaba sopas, le llevaba caldos en platos con bordes azulados; su madre tomaba la cuchara, la sostenía y la devolvía sin tocarla.

La casa, que siempre brillaba de orden y confort, empezó a estancarse. El polvo se acumuló en los rincones, telarañas en los cristales. Ya no olía a pasteles, sino a abandono, humedad y lamentos imposibles de lavar. Inmaculada luchaba como pez contra el hielo: intentaba mantener el hogar, cuidar a Margarita, que había quedado al abandono, y rescatar a su madre del más allá.

Mamá, al menos toma una cucharada susurraba, sentada al borde de la cama.
Claudia seguía mudra.
Mamá, háblame. ¿Quieres que recordemos a papá? Cuéntame cómo se conocieron
Claudia sólo movía la cabeza, se giraba más y sus hombros temblaban como una sacudida sin sonido. El corazón de Inmaculada sangraba. Corrió a mi lado, se aferró a mi bata blanca, y las lágrimas cayeron como granizo.

Doctora Martínez, ¿qué hago? ¡Está muriendo en mis brazos! No sé cómo ayudarla.

Yo, como enfermera de la zona, le di valeriana, tranquilizantes, le hablé, le acaricié la cabeza, pero sabía que con pastillas no se curaba eso. Necesitaba curar el alma, y esa estaba cerrada con llaves que ella había tirado.

Paciencia, hija le dije. El dolor es como una enfermedad aguda; hay que pasar por él, que el tiempo cure.

Yo la miraba, demacrada, con ojeras negras, y pensé: ¿y si el tiempo ya no les queda? ¿Si Claudia se mete en su propia tumba?

Pasaron cuarenta días. Luego otros tantos. Claudia se resecó, ennegreció, se volvió sombra de sí misma, casi sin moverse, mirando la pared. En uno de esos días grises, con lluvia que no cesaba desde la madrugada, Inmaculada perdió la paciencia.

Mamá, come entró con un plato de gachas y lo dejó sobre la mesilla.
Silencio.
¡Mamá, te lo digo! exclamó con más fuerza.

Claudia no se movió. Fue entonces cuando, según contó Inmaculada, algo se rompió dentro de ella. Toda la compasión, el dolor y la impotencia se transformaron en una furia desesperada, no contra su madre, sino contra la muerte que había invadido su casa.

Se acercó a la cama, tiró la manta de un salto, agarró a su madre del cuello del viejo camisón, la levantó casi sin peso y la arrastró fuera del cuarto.

¡¿Qué haces, bruja! Suéltala! gruñó Claudia por primera vez en dos meses.
Inmaculada, con los dientes apretados, la llevó por el pasillo, al portal, bajo la lluvia helada, descalza, sobre el suelo mojado. Claudia se aferraba, intentaba escaparse, pero la fuerza de Inmaculada era como la de una corriente subterránea.

La metió en el granero, empujó la puerta que crujía y la dejó dentro. El interior olía a leche, heno y a la vaca Margarita, que también había sucumbido en esos meses, su pelaje era harapiento, sus ojos húmedos y tristes. La vaca mugió, dolorida, y su úbere estaba inflamada.

Inmaculada tomó a su madre, apretó su mano helada contra el costado cálido y peludo de Margarita.

¡¿Me oyes?! gritó. ¡Está viva, mamá! ¡Le duele! ¡Necesita que la ayudes! ¡Tu padre no lo perdonaría! Él la amaba tanto como a ti y jamás permitiría que la maltrataras.

Claudia quedó inmóvil, como clavada al suelo. La lluvia golpeaba el tejado, el viento se colaba por las grietas. Margarita se acercó con el hocico húmedo y lamió la mejilla de Claudia, salada por lágrimas y lluvia.

En ese instante Claudia tembló con todo el cuerpo, como si una descarga eléctrica la recorriera. Levantó la mano temblorosa y la posó sobre la vaca, la acarició y soltó un llanto fuerte, lleno de amargura y de un dolor que había guardado durante semanas.

Ese llanto no fue silencioso, sino estruendoso, como el adiós definitivo. Se desplomó sobre la paja, abrazó las piernas de Margarita y sollozó, desgarrando todo lo negro que había acumulado.

Yo la vi llegar a mí, empapada, despeinada, pero con en los ojos el primer destello de esperanza en mucho tiempo. Me confesó:

Doctora Martínez, ¿soy una monstruo? Casi la mato

Yo la abracé y le dije:

No, niña, la has salvado. Le devolviste la vida.

Desde entonces las cosas fueron mejorando poco a poco. No fue de un día para otro; esas heridas no se cierran de un golpe. Primero Claudia empezó a ordeñar a Margarita en silencio. Después la cuidó, luego salió al huerto y arrancó la maleza. Paso a paso volvió a comer, a hablar, al principio con frases cortas, después con más fluidez. Inmaculada y ella compartían las tardes en la cocina, tomando té y recordando a Esteban. No con una melancolía negra, sino con una tristeza luminosa, recordando sus bromas, sus enojos, cómo arreglaba el tejado, cómo le traía los primeros crocantes capullos de los bosques.

El otoño pasó, el invierno quedó atrás y, al llegar la primavera, pasé frente a su casa y la verja estaba abierta. Oí la voz de Claudia, clara y enérgica: «¡A ustedes, parásitos! ¡Otra vez han pisoteado las huertas!». La vi barriendo los surcos recién sembrados con una escoba de paja, rubicunda y llena de vida. En sus ojos ainda había una sombra, y sus canas se habían espesado.

Me miró, sonrió.

Doctora Martínez, pase a tomar algo. ¡He preparado pasteles de col! me invitó.

Entré y la casa estaba luminosa, el sol entraba por la ventana, los geranios florecían en el alféizar y el aroma a pan recién horneado y a vida volvía a llenar el aire. Nos sentamos a la mesa, Inmaculada a su lado, había venido de fin de semana desde la ciudad. Claudia me sirvió un vaso de leche tibia, directamente del ordeño de Margarita.

Beba, doctora, es curativa. Me ha puesto de pie.

Me miró a los ojos con gratitud y amor, e Inmaculada le acarició la mano.

Al final comprendí que el amor tiene mil caras. A veces es suave, como un arroyo que susurra entre piedras. Otras veces es turbulento, como un río de montaña que arrasa todo a su paso. Y, en ocasiones, para salvar a quien amamos, no basta con acariciar la cabeza; hay que agarrarla del cuello, sacudirla y obligarla a mirar de frente a la vida.

Así, la verdadera fuerza no está en la violencia, sino en la capacidad de despertar al otro cuando el dolor lo ha dejado inmóvil. El amor, cuando se muestra con coraje y ternura, puede devolver la luz aun al más oscuro de los corazones.

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Quiero contarles una historia que todavía me hace sentir el alma en un nudo, pero luego, suavemente, se va deshaciendo y me llena de calidez.
— Pensé que eras una persona digna, pero vives en una miseria así — dijo el prometido antes de marcharse cinco minutos antes de conocer a sus padres.