¿Qué herencia nos espera, señor Sultán, para que nos lancemos a correr como locas a engendrar hijos como en esas telenovelas turcas? bufó Cayetana, cruzando los brazos.
Un sofá ruinoso y medio piso de la madre de la señora, ¿a que ves? añadió Lola, sin perder el ritmo.
Unos brazaletes bonitos los comentarios, hoy, ya cansaban a Diana.
En el baño, mientras se lavaba las manos, Diana no quería oír esas voces. Miró su reflejo en el espejo, comprobó que el maquillaje y el labial del primer día seguían intactos; temía que no duraran hasta el final de la tercera clase.
Gracias respondió, a pesar del cansancio, y la cortesía seguía en pie.
¿De dónde sacan esos brazaletes? se preguntó la estudiante de primer año, que parecía haber empezado la carrera un semestre antes que las demás.
Es manoobra, regalo de un chico, algo exclusivo. No son metales preciosos, claro, pero es único, no lo encontrarás en otro sitio comentó Diana de pasada.
Hoy he visto dos iguales intervino Lola, escéptica.
¿De veras? Seguro te has confundido. Tal vez sólo te hayas topado con unos similares replicó Diana, sospechando que Marco, el diseñador, no había creado nada desde cero, sino que había copiado una plantilla de internet y le había añadido algunos toques.
Un joyero principiante difícilmente podría calcular y ejecutar todo sin un manual adecuado, confiando solo en la intuición.
No, una réplica exacta, lo sé. afirmó Lola, convencida. Un chico de mi curso le regaló esa pulsera a su novia. No es rico, pero se ha ingeniado, y a ella le encanta.
Cuéntame de él, ¿cómo se llama? pidió Cayetana, curiosa.
Marco, ¿cómo no lo sabrías? respondió Lola.
¿Lo has visto?
No en persona, pero Lola nos mostró fotos cuando se pavoneaba siguió la sophomore, sin notar el cambio de humor de Diana.
Diana sacó el móvil y mostró la foto de la portada.
¿Ese Marco?
¡Ay! la muchacha se quedó paralela, comprendiendo de dónde venía el problema.
No te asustes, no le haré nada ni a ti ni a Lola. Con Marco la conversación será distinta. Dime, ¿a quién más has visto con esa pulsera? Tal vez ese DonJuan también la haya dejado, y deberíamos avisar a la chica que no es la única.
No la conozco. La he visto pasar por la uni, parece de cursos superiores, pero no sé en qué facultad ni grupo negó la chica, sacudiendo la cabeza.
Si ves a alguien más con esa pulsera, tráelo a mi oficina, tercer curso, economía.
No prometo nada admitió , quizá no me escuchen, pero si pasa algo, les pasaré la información.
Y cumplió su palabra. Durante el día se acercaron a Diana cuatro más, de distintas carreras y facultades, como si Marco las hubiese puesto en rutas que nunca se cruzaran, impidiendo que descubrieran la una a la otra.
Nadie había pensado que al recibir aquel delicado regalo, decidirían llevarlo a clases, donde cualquier mirada curiosa se fijaría en los brazaletes idénticos.
¿Qué es esto, una especie de semana de Marco? ¿Lunes yo, martes tú, miércoles ella y así hasta el fin? exclamó Marina, de primer año, con ironía.
Entonces seríamos siete anotó serenamente Ana, estudiante de Psicología, cuya formación le impedía sentirse ofendida como Lola o buscar culpables como Diana.
Ángela, de cuarto curso, ya había llamado a su madre, a tres hermanas, a dos hermanos y hasta a la tía distante, quejándose del eterno comportamiento masculino.
Entre ellas no surgieron reclamos; cada una desconocía la existencia de las demás. Culparon al horario del galán, pues ni él ni sus estudios y trabajos les permitían verse más de una vez por semana, lo que les parecía razonable.
Todo había comenzado al inicio del curso académico, justo cuando Marco se trasladó a su ciudad por trabajo.
¿Qué hacer ahora? Sabían que tenían que enseñar una lección al galán, pero no mediante la violencia.
No lo golpearemos, pero sí humillaremos decidieron unánimemente.
A Marina, la más imperturbable, le tocaría el papel de verdugo, conduciendo a la víctima a un encuentro inesperado con todas sus compañeras. Como mañana era su día, no tardaron en poner en marcha el plan.
—
¡Ratón, qué tal! saludó Marco, como de costumbre, a la chica que estaba en la entrada del café.
Ella lo abrazó y, con un gesto protector, lo arrastró hacia la puerta abierta para que no sintiera el frío.
Al entrar, frente a la primera mesa esperaban ya cuatro elegidas, cada una con la pulsera recién entregada.
Pasa, galán, cuéntanos cómo llegaste a ser tan legendario se burló Diana, mientras Marco intentaba balbucear algo.
Me intriga, ¿cómo pretendes casarte con nosotras todas si la ley solo permite una esposa? ¿Crees que eres tan irresistible que te convertirás en nuestro harén? espetó Cayetana, balanceando un cuchillo de mesa como si fuera a lanzarlo.
La verdad es que sí. Me casaría con la que me diera un hijo. Eso es lo más importante para un hombre: asegurar la herencia del apellido y la continuidad de la familia. respondió Marco, sin inmutarse.
¿Y qué vamos a heredar, señor Sultán, para que corramos a tener hijos como en esas telenovelas? replicó Cayetana.
Un sofá roto y medio piso de la madre de la señora, por supuesto añadió Lola. En fin, mucho éxito, ahora eres el héroe de la ciudad. Esta noche subiré el vídeo a mis redes y al grupo de la uni, donde sea necesario.
No tienes derecho gritó Marco.
Lo tengo. Grabar en espacios públicos está permitido, aunque no se vea la cara. Me esforzaré para que todos sepan quién eres sin que te quejes.
Se nota que serás abogado comentó Marcelo, la estudiante de Psicología, en silencio hasta entonces. Te aconsejaré, como psicóloga, que busques terapia, y luego conozcas a las chicas.
Mejor dale al hijo. Implanta un interrumpió Cayetana, derramando su café caliente sobre Marco, creando una escena digna de una venganza de amigas.
Así fue como la verdad salió a la luz y la vida de Marco se fue al traste. En una ciudad de cincuenta mil habitantes los rumores vuelan como pólvora, y el galán ya no tendrá futuro allí, salvo que decida mudarse a otro punto por trabajo.
Cayetana, Marina, Ángela, Lola y Diana acabaron siendo grandes amigas, y cada una encontró mejores parejas que Marco. Al fin y al cabo, aquello fue para mejor; nunca debió haber durado más que unos meses, y todo gracias a esos únicos brazaletes. Un poco de sentido común no le habría hecho daño al futuro sultán.







