Mis padres compartieron un amor que la mayoría solo sueña. No era rutilante ni ruidoso, ni ostentoso; era profundo, sereno y sincero. Un amor que nace no de la pasión, sino de la confianza, el calor y el respeto. Este amor los acompañó toda la vida, desde su primer encuentro hasta el último día, cuando papá, ya muy frágil, partió en silencio a sus 80 años.

Mis padres vivieron aquel amor del que muchos sólo sueñan. No era ruidoso, ni ostentoso, sino profundo, sereno y sincero, nacido de la confianza, la calidez y el respeto mutuo. Lo mantuvieron durante toda su vida, desde los primeros encuentros hasta el último día, cuando el padre, ya muy débil, partió en silencio a los ochenta años.

Mi madre aún rememora cada detalle de sus años juntos. Cómo Antonio le traía, de sus viajes, los dulces de Jijona, sabiendo que ella los guardaba para acompañar el café. Cómo buscaba en el mercado de la Plaza Mayor el queso de oveja que ella prefería, porque «el otro no le sabe». Cómo, en medio de una jornada cualquiera, negociaba con algún vecino para entregarle un ramo, sin motivo alguno, solo para recordarle: «Te quiero».

Habitaban en un pequeño caserío a las afueras de un bosque, donde no había restaurantes ni floristerías. Así que Antonio regalaba a María del Rosario lo que crecía allí: campanillas, prímulas, manzanillas y acianos. Después del trabajo se dirigía al prado, aun cansado, y regresaba con un manojo en la mano, repitiendo el gesto año tras año mientras sus piernas lo permitieran. Cuando la enfermedad lo confinó a la cama, ella misma salía al jardín y recogía flores para colocárselas al lado.

Su amor era sencillo, pero en esa sencillez residía la verdadera belleza. No hubo grandes gestos ni costosos regalos, ni palabras estruendosas, solo pequeñas cosas cargadas de sentido. Sus sentimientos se percibían en cada mirada, en cómo María ajustaba la bufanda al cuello de Antonio, en cómo él le tendía la mano aun cuando ella podía hacerlo sola.

Una vez, Antonio olvidó que aquel día era su aniversario de bodas. Era verano y, en tono de burla, le entregó a su mujer un ramo de flores de patata. María se rió hasta las lágrimas y, durante mucho tiempo, repitió que aquel había sido el regalo más cálido de su vida, porque contenía cuidado, ternura y la chispa infantil que tanto le gustaba.

También recuerdo una anécdota que mi madre contaba con frecuencia. Ella se fue a cursos de perfeccionamiento a Valladolid, y Antonio quedó en casa con los hijos. Pero unos días después pidió a la vecina que le ayudara y, en silencio, se escapó a su casa para pasar dos jornadas junto a ella, ir al teatro y pasear por las calles al anochecer. En sus ojos brillaba la misma luz que cuando, años atrás, la invitó a su primera cita.

Su amor vivía en los actos, no en las palabras. En las tazas de té matutino que él le llevaba a la cama. En los paseos al río, donde se sentaban a la orilla y escuchaban el canto de los grillos. En la espera tranquila de la primavera, cuando juntos veían cómo el hielo se derretía. En esa comprensión muda, sin explicaciones ni exigencias, solo con el latido del corazón.

Cada vez que Antonio regresaba de un encargo, María sabía con certeza el día en que volvería. Decía: «Hoy él llega», y nunca se equivocaba. Lo esperó incluso cuando él intentaba sorprenderla. Él, a su vez, le dejaba notas breves en trozos de papel: «Te quiero. Besos. Antonio». Esas palabras, sencillas y sinceras, le resultaban más valiosas que cualquier confesión.

Su vida no fue perfecta; hubo dificultades, disputas, momentos de escasez y enfermedades. Pero nunca olvidaron lo esencial: eran un equipo. Su amor no necesitaba pruebas, porque simplemente existía.

Por eso, cuando alguien afirma que el amor verdadero es un mito de cine o novela, solo sonrío. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a dos personas permanecer juntas toda la vida, no por costumbre ni por obligación, sino por un amor que crece, cambia, pero nunca se apaga.

Lo he visto en la mirada de mi madre, hoy, al colocar junto a la foto de mi padre una pequeña maceta con flores. En ese gesto se resume toda una vida. Su historia de amor, auténtica, sin adornos, como el roble que aún se levanta en el bosque donde crecieron.

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Mis padres compartieron un amor que la mayoría solo sueña. No era rutilante ni ruidoso, ni ostentoso; era profundo, sereno y sincero. Un amor que nace no de la pasión, sino de la confianza, el calor y el respeto. Este amor los acompañó toda la vida, desde su primer encuentro hasta el último día, cuando papá, ya muy frágil, partió en silencio a sus 80 años.
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