¡Andreu, ponte el gorro, hijo mío, que hace frío afuera!

Querido diario,

Esta tarde, mientras el viento de la sierra de Guadarrama golpeaba la ventana, mi hijo Andrés me recordó que debía ponerme la gorra; hacía un frío que calaba los huesos.
No te preocupes, madre, que no me congelo en la sierra, allí me las arreglaré me decía con esa sonrisa que siempre tenía antes de partir.

Esas fueron sus últimas palabras antes de subir al autobús que lo llevaba a Madrid y, de ahí, cruzar el Atlántico rumbo a la Argentina. Prometió volver en dos años. Doce años después, sigo aquí, en la casa vieja que nunca ha dejado de ser nuestra.

Los mismos cortinajes, la misma chimenea, la alfombra que tejí cuando era joven siguen allí. En la pared cuelga la foto de Andrés con la toga de graduado y, bajo ella, una nota amarillenta que dice: «Volveré pronto, madre. Lo prometo». Cada domingo me pongo el pañuelo limpio y camino a la oficina de correos. Envío cartas, aunque sé que no volverán. Escribo del huerto, del invierno, de la vaca del vecino, y siempre termino con las mismas palabras: «Cuídate, hijo. Te quiero mucho».

A veces la cartera del cartero me mira con compasión:
Señora María, la distancia a la Argentina es enorme no llegan todas las cartas.
Yo respondo con resignación:
No importa, niño. Si el correo falla, Dios encontrará el camino.

Los años pasan como las estaciones; la primavera se transforma en otoño y yo envejezco sin percatarme, como una vela que se consume en silencio. Cada noche, al apagar la lámpara, susurro: «Buenas noches, Andrés. Te quiero, madre».

En diciembre llegó una carta que no esperaba. No era de él, sino de una mujer que jamás había visto.
«Estimada señora María,
Me llamo Elisa, soy la esposa de Andrés. Él hablaba mucho de usted, pero nunca me atreví a escribir. Perdón por la tardanza Andrés estaba enfermo. Luchó con todas sus fuerzas, pero partió tranquilo, sosteniendo en sus manos su fotografía. En su último aliento me dijo: Dile a su madre que vuelve a casa, que siempre la ha extrañado. Le envío una caja con sus pertenencias. Con todo nuestro cariño, Elisa».

Leí la carta en silencio, me senté junto a la chimenea y miré las llamas sin decir palabra. Al día siguiente, los vecinos me vieron cargar una caja al hogar. La abrí con manos temblorosas, como temiendo volver a sentir dolor. Dentro había: una camisa azul, un cuaderno pequeño con anotaciones y un sobre que llevaba escrito «Para mamá». El papel olía a inviernos ajenos y a melancolía lejana.

«Mamá,
si estás leyendo esto, es porque no llegué a tiempo. Trabajé, junté dinero, pero descubrí que el tiempo no se compra. Te extrañaba cada mañana cuando caía la nieve. Soñaba con tu voz y el aroma del cocido. Tal vez no fui el mejor hijo, pero siempre te amé en silencio. Guardé en el bolsillo de mi camisa un puñado de tierra de nuestro patio; está siempre conmigo. Cuando me cuesta, pienso en ti y escucho tus palabras: Resiste, hijo, todo pasará. Si no regreso, no llores. Estoy contigo en el viento, en los sueños, en el silencio. Ya estoy en casa, mamá. No necesitas abrir la puerta. Con amor, tu Andrés».

Apreté la carta contra el pecho, lloré callada, sin sollozos, como esas madres que ya no tienen a quién esperar, pero aún tienen a quien amar. Lavé la camisa, la sequé y la planché, y la colgué en el respaldo de su silla, al lado de la mesa. Desde entonces no vuelvo a sentarme a comer sola.

Una noche de febrero, la cartero me encontró dormida en el sillón; tenía en la mano una carta, en la mesa una taza de té tibio y, en el rostro, una sonrisa serena. Junto a ella, la camisa azul parecía abrazarme. Dicen que esa noche el viento del pueblo se apagó. Nadie ladró, nadie cantó, no se oyó ningún ruido. El pueblo quedó en silencio, como si al fin alguien hubiera regresado a casa. Tal vez Andrés cumplió su promesa, tal vez volvió de una forma distinta. Porque existen promesas que no mueren; se cumplen en susurros, entre nieve y lágrimas. Porque el hogar no es siempre un lugar; a veces es el encuentro esperado toda la vida.

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