¿Por qué Kirill ya no le dice a su esposa lo que desea cenar?

¿Y por qué no me preguntas qué quiero cenar? preguntó Javier mientras se ponía el abrigo para ir a la oficina. ¿Acaso ya no te importa?

Pensaba prepararte algo a mi modo respondió Almudena, sin inmutarse. Pero si no te gusta, puedo cocinar lo que prefieras.

No es eso replicó Javier, frunciendo el ceño. No tiene nada que ver con querer o no querer. El simple hecho de preguntar me parece esencial. ¿Te cuesta tanto preguntar? ¿No te interesa?

La verdad, no contestó Almudena con una mueca. No me llama la atención. ¿Qué tiene de interesante?

¡Pues claro! exclamó Javier, irritado. Antes lo hacías. Antes te importaba.

Almudena se quedó pensativa.

Vaya murmuró. Es verdad, antes sí te preguntaba. Hoy se ha vuelto incómodo. Tengo que volver a preguntar, o se nos quedará todo sin atar.

¿Qué quieres cenar? preguntó, intentando romper el hielo.

Javier esbozó una sonrisa.

Un favor, pensé Vale, no seré pesado. Al fin y al cabo, la vida en pareja es una cuestión de concesiones y compromisos. Seré un marido comprensivo y flexible; no quiero ser un tirano. Hay que saber perdonar, ¿no? Si no, ¿cómo seguimos siendo gente decente?

Está bien dijo, con tono condescendiente. Quiero chuletas.

¿De qué tipo? inquirió Almudena. ¿De cerdo, de cordero, de ternera? ¿O prefieres unas de pescado?

Cuales sean, ¡pero no de pescado! espetó Javier. ¿Te burlas? Sabes que desde pequeño detesto las chuletas de pescado.

Almudena se mordió la lengua.

No lo vuelvo a decir pensó. ¿Qué me pasa? Me siento despistada. Él me ha contado mil veces cómo se ahogó con esas chuletas de pescado en el colegio. Basta ya de esas historias del infierno del pescado. Tengo que improvisar, o me pasará todo el día recordándolas, e incluso la semana entera. Y tampoco olvidar que odia el natillas.

¿Y de guarnición? continuó ella. ¿Patatas, pasta o arroz? ¿Quizá un poco de quinoa?

Patatas fritas ordenó Javier. Pero fritas, no asadas. Que queden crujientes.

Como quieras, amor replicó Almudena, sonriendo. Las freiré con esa capa crujiente que te gusta.

Yo no me preocupo dijo Javier, firme. ¿Qué tengo yo que preocuparme? Tú deberías preocuparte.

Javier reflexionó en silencio.

¿Quise demostrar mi superioridad? se preguntó. Me pasé de la raya. Hay mucho que corregir en mí antes de sentirme un hombre de verdad.

Si no es molestia, cariño añadió con voz suave, intentando calmar la tensión , prepara una ensalada de tomate y pepino, por favor.

Claro, mi vida respondió Almudena, dulce. La haré.

Con ajo y eneldo recordó Javier.

Con ajo y eneldo repitió Almudena, sonriendo. Y un toque de crema agria.

Con crema agria.

Y las patatas, también con eneldo insistió él. Y con una pizca de cebolla.

Todo quedará como lo deseas, mi amor concluyó ella.

Despidiéndose cariñosamente, Javier salió del apartamento. Pero todo el trayecto a la oficina le rondaba la cabeza: algo había cambiado entre él y Almudena, aunque no lograba precisar qué. En el trabajo se movía distraído, con la mirada perdida en la extraña actitud de su mujer.

Mañana hablaré seriamente con ella y aclararemos todo se dijo a sí mismo. Quizá la haya ofendido sin darme cuenta. Tengo que arreglarlo antes de que sea demasiado tarde.

Sentado en el comedor de la oficina, picoteaba sin ganas las chuletas, las patatas y la ensalada, mientras observaba a su esposa en la pantalla de la videollamada. Almudena devoraba alegremente pollo asado, bañándolo en salsa de tomate, mordiéndolo con apetito y guiñando un ojo a Javier.

Dime, empezó él , ¿por qué comes pollo asado y no las chuletas?

Pues antojé el pollo contestó Almudena, con la boca llena. Cuando hablaste de chuletas, pensé que no quería nada de eso y me vino a la cabeza el pollo con salsa de ajo. ¿Te parece mal?

No, pero respondió Javier, algo frustrado. Pensé que ambos compartiríamos las chuletas.

Almudena, entre bocado y bocado, reflexionó.

Pensé que ibas a comer mis chuletas mal hechas. ¿Por qué lo imaginas así?

Perdona dijo, masticando. Solo quería que todo fuera agradable. Tú comes lo que te apetece y yo lo que a mí.

Curioso murmuró Javier. ¿Me das también un poco de pollo?

No respondió Almudena, con la boca todavía llena. El pollo es solo para mí. Las chuletas y la ensalada son tuyas. La patata frita también. Buen provecho, cariño.

Pero todavía tienes una pierna de pollo entera protestó él.

Esa es mía dijo Almudena. La cociné dos veces. Las chuletas no son para mí. Come las tuyas.

Javier siguió comiendo sus chuletas, mirando con envidia la pierna de pollo que Almudena devoraba con gusto. Las chuletas se le quedaban atoradas en la garganta.

La dejé un poquito más crujiente comentó Almudena. Para que la textura sea perfecta.

Lo imagino susurró Javier.

Sonrió torpemente mientras terminaba la última chuleta.

A la mañana siguiente, mientras se despedía para ir al trabajo, Almudena le preguntó:

¿Qué quieres que prepare para cenar, querido?

Pollo asado respondió Javier con seguridad. Lo soñé toda la noche. Hazlo como lo hiciste antes, sin acompañamiento, solo con salsa de tomate.

De acuerdo, mi vida dijo ella.

Esa noche, Javier cenó pollo asado, pero sin apetito, porque Almudena, frente a él, estaba devorando un guiso de cordero.

Está mejor cuando está caliente exclamó ella, feliz. Lo comería todos los días. Desde niña adoro el guiso de cordero.

Durante la semana, Javier tuvo que observar los inesperados menús que Almudena le ofrecía. Ayer, por ejemplo, se sorprendió al ver que cenaba merluza frita.

También quiero merluza frita reclamó él.

¿Por qué no lo dijiste esta mañana? se preguntó Almudena. Yo preparaba unas chuletas.

No sabía que quería merluza contestó él. ¿Podrías haberme dado una pista?

Ni yo lo sabía admitió ella.

Dame un poco de merluza suplicó Javier.

No, gracias respondió Almudena firme. ¿Qué comeré yo? ¿Tus chuletas? No, gracias.

A la siguiente mañana, mientras acompañaba a Javier a la oficina, Almudena volvió a preguntar qué quería cenar. Él negó con la cabeza.

No, no contestó. No vas a preparar nada más, querida. Ya basta de jugar conmigo. Lo que hagas para ti, hazlo también para mí. Y en abundancia.

Desde aquel día, Javier dejó de decirle a su esposa qué quería cenar.

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¿Por qué Kirill ya no le dice a su esposa lo que desea cenar?
Daddy… That Waitress Looks Just Like Mummy.